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QUE literario
Caral- por Alfredo Cordal
Insolente y Soberbio- por Carla Forero Bonilla
Historias de la guagua- por Silverio Moreda
La vida se condensa en el crep?sculo- por SimÛn Altman
Hombre Lobo- por Leonardo Boix
Lios Kamikaze- por Susana Medina
Poemas- por Marcelo Rizzi
Venado azul- por SofÌa Buchuck
Sab·tico- por Patricia DÌaz
MisantropÌasII- por Juan Calle
El cÌrculo- por Gisela Jachniuk
Intra TV- por Silvia Demetilla
Carta/kafka/director- por Magdalena Brown
Caral
por Alfredo Cordal
Si Vallejo hubiera vivido en los tiempos en que Caral fue descubierto
habría saltado de alegría exiliado en el vientre de una ballena.
Habría nacido un día en que Dios estaba alegre…
Caral fue la ciudad perfecta, preincaica, una cultura más antigua
que la china y que la egipcia:
en verdad, la cuna de la humanidad hace más de 8 mil años…
Y Vallejo habría vuelto a nacer en esa cuna…
Caral no tenía ni ejércitos ni armas porque no había guerras,
Y siendo agrícola, comerciaba con las culturas de la costa:
Caral producía maíz y cáñamo con los cuales fabricaba cordeles
y construía redes para los pescadores… Y ellos le suministraban
a Caral el pescado y la sal, los frutos del mar…
En el centro de Caral estaba la pirámide para mirar las estrellas
y contemplar la constelación de donde habían venido los ancestros
a fundar la ciudad humana dentro de la gran ciudad del cosmos…
El choclo dorado era el símbolo de la fertilidad en Caral, y las plantas
de la coca y el cáñamo eran el Árbol de la Ciencia.
La flor femenina del cáñamo se usaba para admirar en silencio
el eterno femenino en el universo, desde donde habíamos saltado
de gozo a poblar este planeta,
y la flor masculina se usaba para fabricar las cuerdas fuertes de las redes
unidas a los cantos alegres de sus obreros y arquitectos…
Caral fue la ciudad donde los niños eran venerados y no sacrificados:
sus osamentas eran enterradas en pocitos sagrados
donde Caral sembraba los huesos de la Nueva Humanidad
que había nacido en la tierra…
Si Vallejo hubiera vivido en los tiempos en que Caral fue descubierto
habría saltado de alegría exiliado en el vientre de la ballena…
Vallejo habría nacido un día en que Dios estaba alegre y cuerdo
y el alma del mundo aun no estaba enferma…
Porque en Caral no había ni dominios ni guerras, ni polución ni miseria…
Y el poeta habría vuelto con Dios a nacer en sus tierras…
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Insolente y Soberbio
por Carla Forero Bonilla
Insolente y soberbio
camino entre las llamas,
aplastando la hierba fresca del recinto,
la hierba del mañana como la llamaban los antiguos habitantes,
los que se fueron y nunca volvieron.
Arrogante,
como un emperador romano
se hizo dueño y señor de la tierra y del aire,
del ensueño y de la esperanza,
de las historias aún no contadas,
de las palabras aún no inventadas.
Como oro deslumbrante
el sol le sedujo,
y lo atrajo hacia ella
.
Ella le mostró un mundo de caminos ocultos,
bosques inciertos en donde ningún hombre había estado jamás,
lo embrujó,
le hizo perder la razón,
Y como un niño dormido en el regazo de su madre,
cayó en un silencio profundo en un silencio mortal.
Hombre insolente y soberbio, ¿qué pensabas?
Nadie toma lo que no es suyo,
nadie es emperador en la tierra del sol.
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Historias de la GUAGUA
por Silverio Moreda
la guagua que pasa
Apoyado contra un bajo muro de jardinería, al lado del poste que indica la
parada. Espero la guagua. Cinco minutos esperando la guagua. Con un hambre
que hace hora y media era hambre. Ahora es desidia; un estómago pequeño,
plegado, cerrado. Las ganas de comer que no probarán más de tres bocados.
Siento el cansancio agarrotándome los músculos, provocando en ellos una dura
tensión inmóvil. La fatiga de todo este día, tan como cualquier otro día, sobre
los hombros pesados, hundidos, arqueados hacia delante. Fantaseo imaginando una fatiga contagiosa: extendiéndose desde los huesos hasta el tuétano del alma... Ya llevo diez minutos esperando. Diez minutos y la guagua que no pasa.
El sol va lanzando el último latigazo de calor de la tarde, antes de proseguir en su declive y no ser más que luz, a la altura de la vista. Me está cerrando las pestañas, el sudor se me va secando en la piel. Y toda la intensidad a mi
alrededor se mueve hacia la indiferencia de un puñado de escenas de ciudad, que se repiten una y otra vez. Y ya son la misma escena. La señora que cruza por el medio de la avenida y que vuelve a cruzar. El mismo claxon que sonó hace dos minutos. Un coche azul que pasa, ¿o era negro?, no es azul. ¡Gris!... Apostaría.
Y una guagua que se detiene en frente. Gente que baja, otros suben, la guagua arranca. Allá a lo lejos la guagua, ¡la mía!, perdiéndose tras la glorieta. Aún no me he movido, tan sólo un vuelco al corazón. Bocabajo.
Absurdo, perdido, abandonado. la guagua que no pasa
Sentada en el banco de plástico, bajo la marquesina de la parada. Esperabas la guagua. Iban cinco minutos esperando. Es tan difícil tratar de no fumar cuando se espera. Aunque saliste de casa fumando, encendiste otro cigarrillo. De momento no te importó, habías salido con tiempo porque odias las prisas, malvivir a las carreras, sin detenerse a observar los desconchados de las fachadas, las hojas secas contra los bordillos, viejos carteles tras tiras de carteles nuevos en las paredes. De modo que no te importaba. Pero habían pasado diez minutos y ahí seguías sentada. Y ya se iba cumpliendo la hora, así que ahora no podía demorarse más de tres minutos, cinco a lo sumo. Chiquito coñazo, la guagua. Llega una segunda guagua que tampoco es la tuya y al fondo de la calle avistas otra y esperas. La 907 por segunda vez. Descruzaste las piernas, taconeas brevemente sobre el suelo, volviste a cruzarlas a la inversa. Tarde, ya llegabas tarde.
Te incorporaste con el gesto lleno de contrariedad y rabia. No te lo podías explicar, con lo temprano que he salido. Diste una vuelta sobre tus propios pies. Y, sin saber exactamente qué hacer, ni hacia dónde caminar, te volviste a sentar. Realmente no es que fuese culpa tuya, pero qué clase de excusa será que no haya pasado la guagua. Pero la guagua no pasa. Y ya aunque pase, ya no llegas. Ya puedes dejar de esperar. Sentada en el banco de plástico, bajo la marquesina de la parada. Así permanecerás, cabizbaja, con la mirada fija, en las puntas de los zapatos. Esperando.
se bajaba de la guagua
Si no hubiese dudado... Si hubiese confiado en su vestuario. Si no hubiese
acudido el miedo... Si se hubiese gustado, como habitualmente, con su peinado habitual. Si no conjugásemos fracasar... Si sí. Si no...Si mañana te encuentro aquí, a las siete, te invito a café. O a cenar. O a caminar... no sé, lo que tú quieras. Una y otra vez le daba vueltas a esas palabras torpes, mientras se apoltronaba en el sofá. Tratando de que pasara el tiempo; de que, inconscientemente, se le hiciese tarde, mientras miraba el reloj a cada minuto.
O esperando a que ocurriese algo que de veras le impidiese acudir. Aquellas
eran las primeras palabras que le dirigía, en un intento de ser desesperadamente original. Y nada pasó y se encontró reconociendo que no lo podía dejar pasar, no podía permitir no tentar al azar. Se vistió (pero tardó), salió a la calle (pero tarde). Un enjambre de nervios le nublaba el estómago. Sentía sus pasos extraños, una incredulidad en su propio caminar, una distancia respecto a todos sus gestos y atuendo. Como si no fuese quien era, como si un extraño se hubiese apropiado de él e intentase fingir su personalidad. Y con todo esto no se percató de la guagua que se arrimaba a la parada y se demoraba subiendo y bajando pasajeros. Para cuando lo hizo, le faltaron quince metros a aquel cómico sprint, vociferando y haciendo aspavientos para que se detuviera, para que no lo dejara en (la desolación de la) tierra. A veces uno se partiría el hueso del alma con tal de que el mundo fuese más subjetivo, o menos indiferente, se mojase más con nuestras nimias batallas perdidas, o el chofer de la guagua fuese menos cabrón. Incorporado desde hacía un buen rato, se estiraba en un esfuerzo por distinguir entre la multitud que aguardaba en la parada. Ahora iba a encontrarla con la resolución de quien sabe que sólo puede ganar, porque ya lo ha hecho todo para perder. Cuando se abrieron las puertas y descendió, se encontró en un remolino de codos, bolsos y hombros.
Al siguiente instante ya toda la escena se había despejado; montaban los últimos pasajeros, se dispersaban otras figuras en múltiples direcciones. Como se había pasado media tarde protegiéndose contra todo esto, de no ser por el arranque del último momento, casi no existiría decepción que nombrar. Pero aun tendría que restregarse mucho más aquella última imagen que tuvo de ella, tomando asiento y apoyando la cabeza contra la ventana, con la mirada en el vacío; y aun mucho más, la calidez que siempre veía en sus ojos, las revelaciones que ya no le ofrecerían aquellas tímidas cuasisonrisas, tanta ternura en su piel, tan lisa, color oliva, un hogar en su voluminosa cabellera, profundamente rizada, sus pequeños pechos puntiagudos, que señalarán a otro.
no se bajaba de la guagua
Tampoco hay mucho que contar, nada especial, nada destacable sobre ella ni acerca de su vida que la hiciese diferente a la de cualquier otra persona. Que se levantaba siempre cansada. Durante diez minutos. O un breve deseo de permanecer en la cama el resto del día. Que a veces cualquier broma u ocurrencia de los chicos, que ella desecharía con un gesto de dejar de hacer el to
nto, la inundaban por dentro con la sonrisa más hermosa del mundo. Otras veces no eran más que un dolor de cabeza, y un tizne de resentimiento instantáneo, mientras desayunaban, ante su falta de consideración. Que en días como hoy, que era su día de descanso, a menudo tantas tareas y cosas que hacer en la casa se habían acumulado durante la semana que tampoco hoy habría ningún gran abanico de posibilidades entre las que decidir cómo pasar el día. Y para colmo, estaba la
visita a su madre, si no quería exponerse a una letanía de quejas y camuflados reproches durante el resto de la semana; acerca de la soledad de los mayores, del egoísmo de la gente de hoy y de la crueldad de los hijos para con sus padres.
Era casi seguro que la letanía le lloviese igual, pero que se le podía hacer… era eso o los tres o cuatro temas de desencuentro, que nunca habían dejado de levantar ampollas a lo largo de los años, y que nunca dejaban. Y si tenía que elegir, elegía lo primero. De ese humor se dirigía a la parada de la guagua: con el fastidio no de las responsabilidades, los compromisos y las preocupaciones diarias; lo que más le molestaba era la creencia generalizada, de la que ella era cómplice, de que la vida que cada uno lleva en cada momento es el resultado de una serie de decisiones personales, pero que ella realmente sentía que no tenía. Al igual que ocurría con la línea que tomaba todos los días al trabajo, también en ésta - la 907 - ciertas caras le resultaban familiares de cada domingo que acudía a visitar a su madre, siempre o casi siempre en las tardes. Algunos de estos rostros los reconocía desde chica, del barrio donde se había criado. Montaba en la guagua mientras se daba cuenta de que hoy trataba de evitar cualquier tipo de conversación, el esperado turno de preguntas y respuestas sobre la salud y estado general de padres, hijos y allegados del vecindario. Sentándose sola, se concentró en el paisaje de avenidas, parques y comercios por el que infaliblemente discurría el trayecto y que se conocía de memoria. Una parada antes de la suya, le arrancó de cierta indolencia un joven que corría a la altura de la guagua, mientras ésta se adentraba de nuevo en la avenida; con la mirada fija en la chica que acababa de sentarse delante suyo- tenía el pelo negro, largo, espeso y rizado más bonito que jamás hubiese visto, y la mirada perdida en ninguna parte. El joven se fue quedando atrás, con un gesto de levantar los brazos y gritar que nunca llegó a concretar. Pensó que la chica nunca lo llegó a ver. Se entretuvo tratando de imaginar una o varias historias posibles para la escena que acababa de presenciar. Bueno, así como hacemos todos a menudo, cuando viajamos por la ciudad o estamos aburridos sin nada mejor que hacer. Llegaba su parada pero, por algún motivo que aún no está claro, no hizo ningún ademán de levantarse, se quedó sentada, impasible. La guagua se detuvo y arrancó, pero ella no sintió ninguna alarma por haberse pasado la parada, tampoco si hoy no acudía a visitar a su madre. Sin plan preconcebido- por su parte claro, la guagua se dirigía infaliblemente al final de su trayecto- comenzó a prestar atención de forma más activa a todo lo que ocurría a su alrededor. Nuevas calles se desenrollaban por primera vez ante sus ojos. Fue consciente de que, en toda su vida, nunca se había adentrado en esta parte de la ciudad. Nunca, en todos estos años, tantos que a veces ya empiezan a parecer tantos. Nunca más allá del barrio, la escuela y el instituto, la zona donde ahora vivía y los lugares que en distintas épocas fue frecuentando con distintas amistades.
Es un milagro de la indiferencia de una, de la propia complacencia o de la vida, sin más, que nos lleva a todos a pulmón. Vio una chica que se volvía a sentar en el banco de plástico de la parada; fumaba y no parecía tener demasiada prisa. Empezó a imaginar una historia, una vida para aquella
nueva chica. Ya hacía un rato que se había olvidado del chico que corría al lado de la guagua; la preciosa cabellera en cambio seguía delante suyo- casi estática, silenciosa, incluso diría triste. A esta altura la ciudad eracompletamente desconocida, una ciudad distinta. Hasta la gente parecía un poco diferente.
En vez de sentir miedo o agobio ante este inesperado viaje a lo desconocido, se sentía bastante alegre: una sensación de ligereza y despreocupación, como cuando nos vamos de vacaciones en un largo viaje por carretera. Hasta tenía una banda sonora que, desde hacía ya un rato, envolvía todas las escenas en su cabeza. Se abstrajo de sus pensamientos para observar como esta pequeña luz del mundo se incorporaba y descendía de la guagua. Era esbelta, de caminar sutil y pausado. En la calle un tipo, ahora deslumbrado por los rayos de luz, pasaba la tarde apoyado contra una jardinera, como cualquiera de esos tipos acodados en cualquier esquina de cualquier barrio del Caribe, masticando un mondadientes, mirando las horas pasar.
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La vida se CONDENSA en el crepúsculo
Simon Altman
Es la hora insensata
en que no se sabe si lo que baja sube,
si el oeste es este.
Es la hora en que el aire es denso
y el dolor se ensancha.
Es la hora en que las almas se recogen silentes a pensar,
en que las almas toman el subterráneo para volver a sus casas
mientras leen el Evening Standard.
Es la hora en que el amante busca a la amada,
el asesino a la víctima,
el soltero a la hembra ancha y barata.
Es la hora del escondido coito adúltero.
Es la hora en que hay que decidir
entre vivir desolado y, despierto, dormir.
Es la hora tremenda de dos mil años.
He escrito este poema en Londres en 1950, pero me ha vuelto a la mente este
año, después de varias visitas al Museo Marmottan, París, en donde está el cuadro
de Monet que dió nombre al impresionismo: “Impression: Soleil levant.” Esta salida
(que podría ser puesta) del sol sobre el mar me recordó la ambiguidad de mi poema.
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Hombre LOBO
por Leonardo Boix (fragmento)
III
Hace ya muchos años
con un bolso
sueños
estrellas
sobre el Atlántico
Dejé de entender
al tiempo
y
sus vueltas
Parece extraño
volver
a contar
con
estas palabras
Que volví de la noche
y pude saltar
de astro
en astro
Igual,
cada vez que vuelvo
recuerdo quién soy
y
dónde
están
mis manos
Hace ya muchos años
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Lios KAMIKAZE
por Susana Medina
Elle recuerda:
Que solía ligar con todos los conejitos heterosexuales confundidos en la noche.
Que se solía descontrolar como una bestia y que a ellas les encantaba.
Que al día siguiente cuando se despertaba junto a alguna desconocida se
encontraba fatal y se iba corriendo antes que despertaran.
Que siempre estaba muy borracha.
Que casi siempre les daba un nombre y número de teléfono falsos.
Que cuando conoció a la mujer de otro planeta estaba más confundida que nunca y que la persiguió por el mundo porque no se aclaraba.
Que fue positivo porque dejó de beber.
Que mientras todo esto sucedía su relación con Ella Lynch iba degenerando en un efecto bola de nieve y que a veces cuando volvía a casa borracha le pegaba.
Que Ella Lynch también le pegaba y al día siguiente se reconciliaban y al
día siguiente volvían a tener otra bronca.
Que aquellos días eran absurdos porque todos estaban enamorados de personas que estaban enamoradas de otras personas que estaban enamoradas de otras personas y todo era todavía más absurdo porque una red de relaciones hacía que todas estas personas se conocieran de oídas sin conocerse.
Que todo este lío no tenía nada que ver con el amor pero daba lo mismo.
Que llegaba un punto cuando los colores se volvían cada vez más pesados y
agobiantes y entonces todo le parecía una caricatura grotesca.
Que fue cuando dejó de beber cuando todo se volvió definitivamente borroso y que tardó mucho tiempo en enfocar las cosas.
Que decidió cambiar y cambió.
Que nunca le había interesado el alma de las mujeres sino sus cuerpos.
Que cuando Ella Lynch se tragó la botella de mercurio ya había decidido pasar toda su vida junto a ella.
Que estuvo a punto de desconectar todos los goteros conectados al cuerpo
de Ella Lynch para que dejara de sufrir.
Que no se sabe quién desconectó los goteros.
Rebobinando un poco más hacia atrás recuerda:
Que quería ser sobre todo hombre.
Que no quería este cuerpo que no le pertenecía.
Que no quería estas partes que se le antojaban un error.
Que de pequeña le preguntaban: ¿eres niño o niña?
Que ella contestaba: ¿nos echamos un pulso?
Que siempre ganaba todos los pulsos de su calle porque su fuerza superaba la de ellos y sus músculos imberbes eran de piedra.
Que estaba llena de mierda machista: que era más machista que los machistas porque se creía que eso era ser hombre.
Que no aceptar su cuerpo de mujer le dolía por dentro pero no lo quería reconocer.
Que el alcohol le protegía de sí misma.
La mujer de otro planeta recuerda:
Que de repente encontró una misión que cumplir en la tierra.
Que no podía revelar nada sobre su misión ni sobre su pasado.
Que descubrió que existe algo único e irrepetible en cada ser humano que hay que salvaguardar.
Que la primera vez que vio a Elle no supo si era un hombre o una mujer.
Que la androginia de Elle le fascinó.
Que la segunda vez que la vio fue extraordinario porque Elle le había buscado por el mundo hasta encontrarla.
Que le encantaba Elle porque se comportaba como los grandes psicópatas de las películas.
Que le impresionó que Elle cogiera varios aviones para presentarse ante la puerta de su casa y decirle que la quería.
Que cuando conoció a Ella Lynch le pareció fascinante.
Que probablemente en realidad estuvo enamorada de Ella Lynch aunque se lo hiciera con Elle.
Que había algo hipnótico en Ella Lynch.
Que Elle siempre contestaba el teléfono y parecía que Ella Lynch estuviera
secuestrada voluntariamente por Elle.
Que cuando ellas decidieron enclaustrarse y pasar de un mundo que no era su mundo le intrigaron todavía más.
Que cayó en la locura.
Que cuando la llamaron por teléfono se puso contenta y hablaron largamente.
Que les cortaron el teléfono a raíz de esa conferencia transatlántica.
Que tuvo que huir por miedo a caer de nuevo en la locura.
Que cuando Ella Lynch se tomó la botella de mercurio rezó todas las noches
para que se recuperara.
Que estaba en otro país y a veces pensaba que Ella Lynch igual había muerto y lloraba.
Que deseaba que estuviera donde estuviera, Ella Lynch habitara un espacio
arropado.
Que los líos imposibles son imposibles porque la perspectiva clarifica algunas
cosas y sólo tenemos una vida y a veces sólo pueden existir al nivel de una
empatía efímera mental.
Que con el tiempo todo aquello que fue cariño se ha convertido en ambivalencia.
Que todo fue un rito violento de iniciación para ingresar en este planeta.
Que desde entonces y gradualmente ha dejado de interesarse por las personas imposibles.
Ella Lynch recuerda:
Que probablemente estaba sufriendo los efectos secundarios de algo que no recordaba.
Que no sabía vivir su vida.
Que las relaciones con las otras personas le habían llevado al dolor y a la soledad.
Que a veces la fragilidad le impedía salir a la calle.
Que se quería desligar de los ruidos y las mezquindades humanas y luego se reprochaba soberbia.
Que el silencio le parecía la única forma coherente de vivir en un mundo
sobresaturado.
Que enamorada de un reportero de guerra escuchaba las noticias que él cubría buscando alguna complicidad.
Que Elle le ofreció su esclavitud.
Que Elle hacía todas las tareas de la casa, las compras y llevaba todo el lado práctico de sus vidas.
Que la mujer de otro planeta apareció cuando ya todos las habían abandonado por imposibles.
Que la mujer de otro planeta tomó muchas fotos.
Que no le gustaba la frialdad de la mujer de otro planeta porque le recordaba a su propia frialdad.
Que sedujo a la mujer de otro planeta para complicar las cosas.
Que la mujer de otro planeta le regaló un collar de dulces pálidos y que ese collar se fue pudriendo poco a poco.
Que descubrió en Elle una inocencia que Elle se había empeñado en esconder bajo una brutalidad sin fin.
Que no quería vivir en un mundo que no era su mundo.
Que Elle la había arropado cuando tenía frío: un frío inmenso.
Que le habló al alma que Elle tenía sepultada baja la pesadez del mundo y ésta respondió.
Que nadie le había hablado al alma de Elle antes.
Que Elle sintió deseos de ser leve como un suspiro.
Que intentó convencerla para que tomaran el mercurio juntas pero al final no dijo nada.
Que prefería que le hicieran un lavado de estómago que un lavado de cerebro.
Que cuando Elle desconectó los goteros pensó que Elle era una santa.
Que una enfermera india reconectó todo hasta que las máquinas dejaron de pitar.
Que desde que está en coma se siente más relajada.
Que Elle todavía la visita y a veces le dice: ¿te acuerdas?
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Marcelo Rizzi (Poemas)
1
los especialistas sostienen
que la representación que
comúnmente se hace del
mal no difiere en gran
medida de aquella que se
hace en nombre del bien;
en tal sentido, y por
ostentación de sus
neumáticas conclusiones,
se dice que apenas una
pequeña variación cromática
en la primera —sumada a
la fascinación por extraer
auspicios ligeros— otorgaría
una mayor licitud a toda
teoría del crimen; mientras
que la otra —con sesgos
de falsos tenebrismos— se
ufanaría en el mismo crimen
para montar la escena en donde
se come profuso y se exhorta
con libaciones a la liberación
definitiva del mundo
2
un hombre que se ha reencontrado
con su sombra cree haber alcanzado
un grado más de verosimilitud;
la ha tomado del brazo tiernamente
y juntos han caminado el tramo
que va de la cafetería a la parada del
autobús; en cierto modo es allí mismo
donde ha comenzado nuevamente
el desconcierto: cuando ella de un
salto ágil al vehículo ya en movimiento
se despedía agitando un diminuto
guante blanco
3
hace su aparición la mujer
deseada, y abre de par en
par su forma singular de
entender los equinoccios
—el labio apretado entre
sus piernas, desnudo el
entresijo de sus nalgas,
mientras va extrayendo
de una invisible biblioteca
bilingüe animales al azar;
ahí viene levantando
moradas conclusiones
frente a la duda del
escarnio —el vuelto que
me da de lo prestado
hace semanas; porque
no acaba nunca de
desvestirse va dejando
un reguero de cenizas,
un dislocado astrolabio,
la página inconclusa que
escribe durmiéndose al
sol en las cornizas
4
bebíamos sentados a la mesa
rodeados de impostores: de
aquel que llena las tinajas hasta
el borde porque dice vaciarlas
así de contenido; que habla
incluso de mutar en oro
crisantemos, predice todos
los cataclismos conocidos
y nos propone un brindis
final en mitad de la comida
para salud de los desprevenidos;
de ese otro que distribuye
falsas direcciones, si al tomar
por el sendero de los desertores,
nos vemos conducidos al olivo
que crece en el jardín
de nuestras casas; ese mismo
que al inventar toda clase
de humoradas lo hace
quizá para reirse luego solo
en los rincones
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Venado azul
por Sofía Buchuck
Azul la madre,
“Toci” de dioses,
Sobre el mar y la tierra.
Más antigua que el tiempo,
como el aliento de un recién nacido.
La madre cósmica y las abuelas son azules,
Wiracocha…
Azul y semilla misma.
El vientre de la madre azul cristalino,
Como el agua de la luna cíclica.
Azul el venado mitológico
Huichol…
Azul los labios sin amor,
Azul los sueños del exilio,
Azul… tu alma alcanzando la catarata eterna de la vida.
TOP
Sabático
por Patricia Díaz
No demoraría en oír el tintineo de sus llaves al abrir la puerta y entonces todo
cambiaría a su alrededor y su mundo dejaría de ser suyo y se convertiría en ese estado amorfo de ser y no ser que siempre experimentaba frente a él. No habíasido siempre así. Al contrario, el tintineo de las llaves en la puerta había provocado en ella hace un año, la misma reacción que a los perros de Pavlov les
hubiera causado el sonido de la campana. Pero en cambio de lubricar la boca con
profusa salivación, a ella le había provocado una lubricación vaginal excesiva,
algo de lo que hoy hasta se avergonzaba. Y es que la pasión que había sentido
por él, no la había sentido jamás con ningún otro, hombre, mujer, animal o cosa.
He iba hasta incluir animales o cosas porque uno también se puede apasionar
profundamente por criaturas, objetos e ideas por las que uno daría la vida. Pero
su pasión por él, había sido la cúspide de sus emociones, de sus experiencias
como ser humano, como hembra. Eva consideraba que ya nunca más volvería a
vivir un deseo tan frenético y obsesivo como los primeros meses con Ben. En
cambio ahora se sentía interrumpida, dudaba de sí, no sabía como abordarlo ni
en la cama, ni en la cotidianidad.
Se habían conocido en Londres. En un pub donde ella había acudido con sus
amigos de la escuela donde estaba estudiando inglés, o haciendo que estudiaba
inglés, puesto que a ella lo que le interesaba era v
isitar todas las gallerías de
pintura y llenarse durante ese año sabático que tenía, de todo ese banquete
visual que eran los museos en Londres. Tenia 33 años y siempre había pintado
porque siempre había habitado el mundo de la pintura como su mundo natural.
Desde que era niña se absorbía en los dibujos que hacía para la escuela, aquí una
casa en la playa y entonces una palmera allá y la palmera llamaba un sol en el
atardecer junto al mar.
Y en ese cielo una desbandada de pelícanos, perdiéndose en el horizonte. Y su
madre tenía que llamarla dos o tres veces para que se sentara a comer y dejara
de pintar. Pero ella sabía que eso era la felicidad, existir con lo que se hace,
respirar al unísono. Y eso creyó encontrar en Ben, la respiración al unísono.
Nunca había sentido tanta afinidad con otro ser humano en su vida. Claro que ella
no era dada a grandes muestras de afecto y siempre sufrió porque habiendo nacido
en la cultura hiperbólica del caribe colombiano no tenía nada en común con sus
congéneres, era tímida y no le gustaba alzar la voz e imprecar y mucho menos
bailar cumbia o salsa. Le echaba la culpa a haber sido hija única de cachacos,
sus padres habían nacido en Bogotá y se habían mudado a Barranquilla durante
la violencia de los años cincuenta. Siempre se sintió más cerca del padre, un
profesor de bellas artes, frustrado pintor como ella, que aún soñaba con poder
arrancarle a la luz deslumbrante del Caribe la transparencia de un Cézanne. Por eso
le gustaba Londres, porque se podía perder por las calles vacías bajo la eterna
llovizna o ir cobijada por la niebla del otoño y montarse en un tren donde cientos
de pasajeros iban en silencio leyendo sus novelas y periódicos completamente
ensimismados, como en minúsculas islas en una gran isla. El se había acercado a
la barra al mismo tiempo que ella a pedir una pinta de cerveza. Eva vaciló tratando
de acordarse de las palabras para pedir ginebra y agua tónica, por favor. Y
entonces Ben se apresuró a rescatarla del impase y ordenó
a G&T, please. Era Londinense pero hablaba un Español con acento, hablado con la gracia del que sabe los modismos y las
expresiones locales de donde ella provenía. Al final de la noche se enteraría de
que había tenido una relación de varios años con una brasilera tiempo atrás y
que no había tenido más amoríos relevantes en su vida, aparte de esa historia.
Llevaba al menos tres meses sin tener una conversación decente en Español,
así que inmediatamente los dos conversaron como sí se hubieran conocido desde
tiempo atrás. Ben era periodista y había cubierto un reportaje especial sobre el
tráfico de cocaína en la costa colombiana. Lo primero que notó de él, fueron sus
ojos azul-grisáceo y su cabello rubio, casi dorado ...no era el tipo que te deslumbra
a primeras, era como un buen vino, tienes que darle tiempo a que invada tu
paladar y después cuando baja por la garganta, te deja el mejor sabor en la
lengua y sólo esperas el siguiente sorbo para confirmar el placer del primero... Así
era él, poco a poco se te metía debajo de la piel... Eva le habló de su pasión por la
pintura y por la restauración, que era en últimas de lo que vivía. Le describió
poéticamente como se le levantaban las capas finas de óleo al lienzo y se limpiaba
la imagen, revelando así la primera inspiración del pintor. Era como cazar
fantasmas que habían permanecido dormidos por años, por siglos. La revelación
de los verdaderos secretos del artista en crear la ilusión tridimensional, aquella
fina pincelada que es la que finalmente le da el toque mágico a una copa de cristal
o al pliego de una capa de terciopelo. El espíritu detectivesco de Ben quedó
prendado de Eva, de esa Eva segura, vidente, custodiadora de secretos. Vio en
ella su alma de naturaleza casi felina, cada movimiento lleno de gracia, adecuado
a un ritmo interno, sus hermosos ojos almendrados y de color de almíbar,
su tez morena, su boca grande y sus senos pequeños. El mundo se alejó, se
empequeñeció, se tornó remoto y sólo eran ellos dos, mirándose a los ojos y el
paso normal fue desnudarse y meterse en una cama y continuar el diálogo, ésta
vez sin palabras, sino con señales de toque suaves y de apretones y de uñas
aferrándose a la piel, probando donde cabían unos y otros miembros en cada
resquicio de sus cuerpos. Terminó mudándose a su apartamento de una habitación
en Camden. No había tiempo que perder con los viajes en tren desde el otro lado
de la ciudad. Apenas cerraban la puerta detrás de ellos, empezaban la danza
frenética de quitarse la ropa uno al otro con afán de adolescentes. Durante
meses durmieron sólo una pocas horas en las noches con el sueño inquieto y
despertándose para hacerse el amor como en un experimento que probara
la existencia de un Kamasutra contemporáneo. Finalmente, y casi como un
merecido descanso, a Ben le asignaron un reportaje sobre Venezuela. Eva se
quedó sola en el apartamento, sintiéndose casi mutilada sin la presencia de él. Y
entonces trajo de la bodega donde tenía sus maletas un gran lienzo, que
instaló en la sala y se dispuso a dejar que la inspiración tomara posesión
de su ser y le diera la energía para la creación.
Eva solía pintar desnuda y acompañandose de un buen vino, así que esbozó una
mujer desnuda con una copa de vino en la mano. Trabajó en la figura durante
los quince días que él estuvo afuera, feliz con su encuentro narcisista. Cuando
oyó el tintineo de sus llaves en la cerradura de la puerta, sintió que el corazón
se le iba a salir por la boca. Ben abrió y vio la mujer del lienzo y su apartamento
convertido en estudio. Eva lo llamó de detrás del lienzo y él recuperado del
choque inicial, obedeció como un perro faldero que no sabe que hacer con su
hocico y sus paticas encima de su dueña.
Sería meses después, que Eva recordaría como lo sintió cambiado en aquel primer
reencuentro. Había algo diferente en la forma como la tocaba y la miraba, como
una nota de piano discordante en una melodía perfecta. Pero entonces pensó q
ue
era debido a su jetlag, al cansancio del viaje, a la acumulación de información que
había recogido para su asignación. Porque él se metió de cabeza en la oficina y
llegaba cansado y con ganas de dormir. Le hacía el amor apresuradamente y no
tenía tiempo para escucharle con detalles todos sus encuentros con Botticelli,
Stubbs o Turner que constituían las aventuras de su cotidianidad.
Eva entonces tomó un trabajo tres veces a la semana en un wine bar para ganar
algo de dinero y poder comprar materiales. El trabajaba los sábados y los
domingos se levantaban a mediodía e iban a comer con sus amigos al pub. Sus
amigos, todos ingleses, la recibieron inicialmente con simpatía pero terminaron
ignorándola, quizá porque su Inglés no le permitía explorar ningún pensamiento
muy elaborado y también por esa indiferencia con la cual los ingleses tratan todo
lo que no les es familiar. Celebraron la publicación del artículo de Ben en The
Observer, e inmediatamente llegó otra comisión para ir a Cozumel, la isla de Cortés
en México y reportar el creciente interés de los turistas ingleses por el mar de los
siete azules. Eva, para compensar su ausencia la noche anterior a su partida,
decidió plancharle por la tarde unas camisas para el viaje. Las dobló
esmeradamente y las llevó a la habitación donde él había dejado su maleta abierta
y a medio empacar. Con el rabillo del ojo, notó un paquete colorido en uno de los
bolsillos del interior de la maleta. Era un paquete de condones. Se sentó en la
cama como si le hubieran pegado un puño en el estómago. Ellos no usaban
condones entonces él los usaría con otra mujer, dedujo estúpidamente.
Eva no dijo nada en la madrugada cuando él se despidió con un beso rápido.
Ese día no fue de visita a ningún museo, sentía el corazón pesado y la vida le
aburría. No tenía con quien hablar, pues los chicos de la escuela de Inglés eran
todos mucho más jóvenes que ella y la única amiga que tenía había regresado a
Colombia hace unos meses. Para colmo hacía una semana que había renunciado a
su trabajo como restauradora en Bogotá, pues el año sabático ya se le había
acabado. Así que se sentó a rumiar su dolor, que se le fue convirtiendo en rabia y
que al final del día la había transformado en una Gorgona de serpientes
contorsionantes en la cabeza, jurando venganza hasta el final de sus días, o los
de él. De manera que eso era lo que él hacía cada vez que viajaba, combinar su
trabajo de periodista con una buenas noches de lujuria con quién sabe que
mujerzuela, pensó. Y luego se rectificó, imaginándoselo con otra colega periodista
o con una turista gringa y a la caza de carne fresca. Pero no, se daba cuenta de
que la gringa seguro quería un Latino y que la periodista era una mujer con más
años que él, entonces ¿con quién? Y así le daba rienda suelta a la imaginación y
de pronto se descubría viviendo a control remoto, acudiendo a trabajar al wine bar
y comiendo cualquier take away automáticamente, con la cabeza siempre invadida
de escenarios y de las amantes de Ben. Era peor que los celos, era la rabia de
saberse comparada, de saberse usada. Al fin y al cabo para ella hacer el amor era
un acto sagrado, era como abrir las puertas de su templo para oficiar un ritualúnico de iniciación, que podía iluminar un secreto de la existencia, un momento
de comunión con el cosmos, a través del cuerpo del otro. Y para él no era así,
ella era intercambiable como una revista pornográfica.Después de los dos primeros días de afiebrada obsesión, la energía le cambió a una
cabeza fría y calculadora. Contaría los condones cuando él regresara y se los
arrojaría en la cara como prueba y luego lo humillaría, explicándole como ella
estaba por encima de su juego sucio. Como un acto de sanación para su autoestima
herida, se compró pinceles y óleos nuevos, muchos carmesís y rojos y varios
lienzos. Se encerró en el apartamento y pintó su ira sin importarle lo que saliera
con rabia, con frustración con odio por sí misma, por su ingenuidad, por su silencio,
su timidez, su falta de Inglés, su mediocridad como mujer, como pintora...
Entonces vio el lienzo en la esquina del cuarto, aquel que pintó la primera vez que él se fue. Con aquella mujer sensual libando el vino. No estaba del todo mal, el
cristal de la copa le había quedado realista conteniendo el terciopelo rojo del vino,
la mujer con los pechos pequeños y firmes, como los de ella. Y entonces se le
iluminó el dolor y la rabia, con la inteligencia. A él le había gustado ese cuadro y
quería conservarlo y ella se lo había ofrecido como regalo pero aún no lo había
firmado. Ahora lo terminaría y se lo regalaría, pero primero le haría ciertos
cambios. Y se puso a trabajar con la profesionalidad de la restauradora, diluyendo
los óleos que formaban la copa de vino con el aguarrás, revelando debajo el
boceto trazado con el lápiz. Pacientemente corrigió los trazos del boceto de la mano
que delicadamente sostenía la copa, a una mano cerrada en un puño. No, no era
un puño, era una mano que empuñaba un cuchillo.
Una vez lograda la simetría y la verosimilitud del gesto, se dio a la tarea de
cubrirlos con sucesivas capas de óleo. Vivió quince días esperando que cada capa
se secara para aplicar la otra. La hoja del cuchillo resplandecía con todo el efecto
amenazante antes de hincar la puñalada y la mano que perpetraba el acto, tenía los
nudillos blancos sobre la cacha de marfil del puñal. En una acto total de subversión,
cambió los senos pequeños por dos sendos pechos con pezones erectos.
Miró su obra terminada, y el rostro de placer de la mujer producía un efecto
desconcertante y misterioso en contraste con la mano y el puñal. Nunca antes se
había sentido tan satisfecha con su trabajo.
Oyó el tintinear de sus llaves en la puerta y la ira la dejó impávida. El venía
bronceado con los ojos azules y el cabello dorado resplandeciendo en contraste.
La besó apasionadamente y le puso entre las manos unas enormes flores de papel
de colores vivísimos, que sólo los artesanos mexicanos saben hacer. La amó
inmediatamente y contra su frialdad y le reconstituyó la cotidianidad (su
cotidianidad) de tazas de té y baño caliente.
Ella lo dejó que hiciera y deambulara por el espacio (su espacio), y una vez inmerso
en la bañera se dio a la búsqueda de su prueba irrefutable. Pero no encontró nada
en ningún bolsillo y cuando él emergió del baño limpio y contento, la encontró
sentada en la cama mirándolo con gesto acusador.
Trató de acariciarle el cabello pero ella le chilló que no la tocara. A continuación
se desbordó en su monólogo acusador ante el cual él empalidecía de rabia a
medida que la escuchaba. Finalmente la voz de Eva se quebró en llanto repitiendo
argumentos que de tanto pensarlos, ya no tenían sentido. Who do you think you
are?!, por qué habia vuelto a su idioma original para expresar su disgusto contra
el comportamiento de Eva. Qué se creía ella, para andar controlándole su vida.
Tenía 37 años y no iba a empezar a vivir de ahora en adelante con una mujer
que lo vigilaba hasta cuando no estaba con ella. Hasta donde él tenía consciencia,
no le había prometido fidelidad eterna ante un juez. Lo que pasara cuando él
trabajara en el extranjero, era sólo asunto suyo, y para que se enterara de una vez el paquete
de condones se lo dio a un colega que lo necesitaba. Al fin y al cabo, nunca se
sabía que podía pasar y los lugares a donde él trabajaba eran remotos y no
habían farmacias en cada esquina. Ella debería estar agradecida de que se
cuidara para no contagiarse de sida o de una venérea, en cambio de estar
restregándole en la cara que era un cualquiera ...lo que tú necesitas es un marido
aburridor, que le crezca la panza viendo la tele y que no vaya ni a la esquina sin
tí. Tienes que crecer, ser menos dependiente de mí, búscate tú mundo y deja de
estar metiéndo tus narices en el mío...
Después siguió el silencio que sigue al estrépito de una porcelana que se hace
astillas contra el suelo. Porque se quebró la confianza y el amor entre los dos.
Lo que siguió fueron días de tentativos encuentros, de disculparse por las
diferencias y de dormir de espaldas, casi sin tocarse.
Eva se reportó finalmente con su familia después de meses de silencio. Era
Diciembre y la esperaban, sino para la Navidad, al menos para el Año Nuevo.
El padre de Eva le contó que había una vacante en restauración en Bellas Artes
y que si ella quería él podía hablar con sus colegas para que la consideraran para
el puesto, además después de un año en Londres, no habría mejor candidato.
Los días eran cortos y el apartamento de Camden tenía una calefacción mala.
Ben andaba ocupado preparando su próximo viaje al Perú para comienzos del
año. De modo que a Eva le entraron las ganas de zafarse de todo y regresar a
aquella luz deslumbrante de su infancia.
La noche anterior a su partida, se despidieron con una deliciosa cena que él
preparó con esmero y se hicieron promesas de seguir en contacto por todos los
medios de comunicación existentes. Los últimos sorbos de champaña los bebieron
viendo la tele y la madrugada los sorprendió dormidos tiernamente, uno en
brazos del otro, en el sofá de la pequeña sala.
En la mañana, Eva revisó que no quedara ninguno de sus objetos personales
en la habitación y en el baño. Ella había preferido que él no fuera a despedirla al
aeropuerto, así que sacó sus maletas al corredor y se cercioró de que el lienzo
envuelto en papel manila que había dejado en el centro de la sala, se viera
apenas él abriera la puerta. Después cerró la puerta y le echó llave (sus llaves),
y oyó por última vez el tintineo familiar, sin emoción.
A continuación, dejó caer las llaves al interior del apartamento a través de la
hendidura del buzón en la puerta. Forzosamente descendió las escaleras con sus
dos maletas repletas. Afuera el mundo del mercado de Camden titilaba con sus
luces de colores y sus decoraciones navideñas y los transeútes se afanaban en
comprar los últimos regalos.
Mientras esperaba el mini-cab sintió que el corazón le latía fuertemente y las
mejillas le ardían. Dejó que el viento frío le congelara las emociones y respiró
profundo dejando aliviar la presión en el pecho, lo que la hizo sentirse
inmediatamente más tranquila.
No había aprendido inglés muy bien pero se sintió satisfecha de haber vivido
ese año en Londres. Esta gran ciudad que estaba a punto de abandonar y de
la que con el pasar del tiempo, sólo le quedarían ciertos recuerdos en la
memoria.
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Misantropías II
por Juan Calle
Como suelen despedirse los años hermosos,
después de una larga
caminata.
Al fondo de un horizonte lácteo
van cayendo los huesos,
arrastrados
por el llamado del embrujo
de la tierra…
Hay un grito angustiado
una tenue lágrima de olvido
en pozos de sal y hierbas de colores
que van formando una silueta
imagen
de un rostro que sale de la mente
para dar a luz
la escarcha de la voz
Voces que respiran espejos
Estatuas de cuerpos y manos
que ahondan el cielo del vientre
Ajeno
Geométrico
Elemental
alejado de estrellas y constelaciones
Voces que cantan el dolor
La sangre de figuras invisibles
El pozo de coros desfigurados
al azar
de noche
al mediodía del sol
Voces que son palabras mudas
Solsticios del aire
Rebelión de la impotencia
Coraza
de infantes destruidos
con espadas
con leyes
con balas
con odios de compasión
La palabra se pierde en el llano
del viento del norte
Tragado por el pico de un águila
que poco a poco
devora
el manso cuerpo del sur:
la belleza de caderas vírgenes
el agua limpia del amor
el pan de mesas vacías
Empezamos a morir cuando nacemos
cuando respiramos por primera vez
Y el fantasma nos acompaña siempre
asustando nuestros huesos
acariciando el alma
que cree estar viva
Y me pregunto: ¿A que he venido?
¿Porque siento un corazón
en mi garganta?
Los libros me hablan
en el desierto de los sabios:
No sucumbir a la tentación
No abrazar los músculos del vacío
No embriagarse en la noche muda
Y como extraños
vagar en las sombras del cosmos
No buscar respuestas en las preguntas:
Girar en la orbita del no ser
para sentir un poco la vida
En oscuridad y torm
enta
buscar el eco del alma
Sobrepuesto
en el orgasmo de palabras
encierro la historia de simbolismos
que juegan
con el espíritu surrealista
del romántico
en axiomas y puntos
de expresión sensual
erótico
apasionado
insatisfecho
Así escucho el arte de mi cuerpo
Y su fiebre se toma mi sangre
Y se come los versos de mi bolsillo
las palabras rotas incompletas
discoloras
El cofre de mis puntos cardinales
hasta que se desprendan mis venas
El vértigo de mis ojos
Mi respiración asfixiada
hasta que en la tumba de mi cuerpo
ya no se escuchen
los llantos y las voces
de la madre tierra...
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El Círculo
por Gisela Jachniuk
Mira el horizonte como buscando una respuesta, en realidad encontrándola...
es que el aire marino llena cada pensamiento dejándolo limpio y puro,
emblaqueciendo las dudas que aguijonan su cabeza; transformándolas en el
susurro que producen las olas cuando acarician la costa.
Y así Tiago pasa a ser un trozo de mar que se hunde en el Océano. Ya no
duele el adiós sin sentido ni las palabras huecas que no explican nada. Ya no
tienen sentido las preguntas que buscan una respuesta. Ese olor marino, ese ir
y venir eterno mantiene mansa las lágrimas.
Había pasado casi todo el día mirando el mar. El sol comenzaba a acariciar la
superficie buscando un lugar donde esconderse. El tiempo marcaba la hora de un
final; y Milena decidió que era el momento de terminar de preguntarse y darse
un baño que le quitara lo que le quedaba de sucio.
El mar, esa tarde, desprendía un aire de calma inusual para el Atlántico.
Mantenía su espuma blanca rozando la costa y una quietud indescifrable para esaépoca del año. Llamaba, invitaba, pedía un cuerpo dulce que se introdujera en
sus aguas para calmar esa sed de esponja.
Milena sintió ese imán, sintió esas ganas irrefrenables de tener la sal pegada a su
cuerpo. De sentir el dulce movimiento oceánico, ese entrar en lucha continua con
la corriente, con esa fuerza que lleva y trae para abandonar en la costa partes de
un mundo misterioso.
Milena entró despacio, no había apuro, la zona era desierta y no había nadie que
la mirara. Así es como decidió sacarse todo lo que llevaba puesto, desnuda
sentiría más, sería como una especie de rito que permitiría al dolor abandonar
su cuerpo.
El agua era fría, fría del sur de la tierra, una frialdad conocida que siempre
producía resistencia. La piel se erizaba y el cuerpo se estremecía un poco. La
clave era seguir, para algunos correr y zambullirse, para ella caminar hasta sentir
el agua en la cintura y zambullirse sólo cuando llegara una ola que no pudiera
saltar. Y así lo hizo... elegante, firme y decidida. Pero el mar tenía escondido
un secreto, uno de los tantos que lleva en silencio hace siglos. Debajo de las
olas la esperaba una corriente más fuerte de lo común, una fuerza que la
tironeaba hacia adentro, una energía más potente de la acostumbrada. Primero,
se tensionó y aunque sabía que era lo peor que podía hacer el pánico le dejaba
rígidos los músculos. Quería llorar, gritar pero no podía abrir la boca, no tenía
aire. Fue entonces que trató de calmarse, de dejarse llevar. Miles de recuerdos
cruzaban su cabeza: el primer beso, las risas, los enojos, los amigos, mamá. Se
dejó llevar segura de que el mar la dejaría afuera; pero el aire...le faltaba el aire: “Dios, si sólo pudiera empezar de nuevo”. La corriente la tiraba hacia adentro,
incansable, imparable, con energía.
Su cuerpo se contraía en cada tirón. Se hizo un ovillo, se estiró, las contracciones
seguían, la empujaban. La llevaban más allá del límite. Su mente quedó en
blanco, sin recuerdos, sin dolor, sin miedo. Sintió el último tirón, el que
la empujaba hacia afuera. Afuera de ese cascarón que le había dado
tanta calma pero que ahora la escupía. Sintió como si el cuerpo
estuviera estrujándose rodeado de unas asfixiantes paredes. La cabeza apretada no encontraba espacio para salir. Salir
de esa crisis, de ese remolino, de ese espacio. Escuchó voces, voces lejanas que
decían frases inentendibles: “Ya sale”, “un poco más”, “un poco más y ya está”.
Alguien la tironeó y sintió el agua rozando su rostro, parecía que el agua
estuviese más tibia. No podía pensar, no podía hablar...
De pronto sintió el aire en su cara; no podía respirar, ¿qué pasaba? Un sonido
ronco se escuchó en su pecho, luego sintió como una ráfaga de aire entraba
por primera vez (?) en sus pulmones. Y lloró, lloró como nunca antes había
llorado. Todos reían.
Una mujer, un olor conocido, la puso cerca de su pecho, sintió calma y ganas de
mamar. Se sintió tranquila. “Está perfecta, es una nena” dijo otra voz.
Era un 20 de Julio, y la llamaron Marina. Nació en el agua en un país del Norte.
Necesitaría una vida para volver a conocerse.
Era un 20 de Julio y en la costa Atlántica el cuerpo de Milena descansaba sin
vida en la orilla. El mar lo había soltado como otro de esos secretos que
guarda hace siglos.
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Intra TV
por Silvia Demetilla
para Perla
Tengo un televisor
lleno de mar dentro de mí,
con peces que se mueven
y una madreperla anclada en frenesí.
Un absorto lanugo
acomodándose en mi cuerpo…
Cuadrado, frágil, corpóreo,
imaginario espejo.
Pierdo transmisión, pierdo el control,
mi televisor crece sin parar…
¡No puedo respirar!
Azulada quise estar,
a tu lado quise siempre parar.
Sólo unos instantes podremos convivir así,
mi redonda y C
olonesca faceta de tortuga,
tus peces de colores dentro de mí.
Azulada quise estar,
a tu lado quise siempre parar
pero ahora no sé qué pensar…
a tu lado quiero anclar…
Ya no puedo cambiar de canal,
siempre la misma trasnoche en lo oscuro de mi amor.
Con una perla en mi ombligo cae el atardecer,
te movés dentro de mí, hipocampo listo a emigrar.
Todo verde, todo azul, todo gris,
confundiéndonos en el corazón del reloj.
Recostada cabeza abajo pulso por dormir,
mis noches son demasiado largas,
y mis días vuelos pesados,
rasantes de patos embelezados, fastidio y temor.
Llegás en otoño y mi almanaque pide calor,
chicharras hinchadas, vino, manzanas, tomates…
mientras explota mi amor para poder abrirme en vos.
Huelo a café descafeinado, coco y melón
y vos te seguís moviendo en mi interior
como si nunca quisieras dejar tu telaraña y colchón.
Acá estoy. Faltan días, ya somos dos…
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Carta/kafka/director
por Magdalena Brown
Hablando de destrucción, de cómo es que de ella nos percibimos en este
contínuum que sin percepción pudiera ser caótico, se me viene a la cabeza la
Mosca de Kafka. Esa mañana, en la que en su dormitorio, se despierta con la
sorpresa de esa nueva percepción de sí mismo. Pues una mosca cualquiera -
que se sepa- no tiene o no tendría tal capacidad de concienciación de su propio
yo. Y claro que, sin ella, Kafka no habría podido desarrollar su historia.
En mi historia, yo, la mosca, en la que me acabo de despertar, sí tengo
conciencia de mí misma. Sobre todo por lo de "insecto" que es sinónimo de
pequeñez y desdén por su tamaño: condición de inferior por excelencia.
Yo comprendo y simpatizo del todo con este señor, que además a mí no me
conoce. Me he plantado, insistente, en la solapa de su chaqueta impecable, y que
por más que me azota en el aire, zafia de mí, me escapo y no dejo de molestarle.
Esto me inquieta, porque en el fondo soy una mosca consciente y tampoco yo sé
muy bien cómo habérmelas en este nuevo cuerpo de espacio nimio y simbiótico
en el que me encuentro.
Durante mi intervalo de tiempo previo a esta circunstancia cuya finalidad aún no
acierto a entrever, aunque intuya el por qué de las causas que la hayan llevado a
este efecto, jamás tomé a Kafka en serio.
Y es que que no hay nada como ser mosca en su propia carne. Esto era lo que
me había sucedido.
De atrás, irisádamente, por entre las finas películas de mis alas batientes, el color
inundaba mi pequeñez casi absoluta al compararme con el señor en cuya solapa
me asentaba, restregándome las finísimas patas traseras.
De repente, me encontré desarmada totalmente porque lo que más me había
ayudado a no ser mosca hasta entonces, habían sido la palabra y el lenguage.
Esta nueva capacidad de mudez emborronaba la poca realidad de la que era
capaz de recoger para que lo mínimo que de conciencia me quedaba, pudiera ser
salvado.
Qué querrá esta mosca insistente? No se da cuenta de lo simple de su
insistencia?
Me han enseñado a no matar, y no voy a hacerlo ahora que ya las emociones
vitales más insistentes de supervivencia se me han vuelto casi nobles. Ser
bueno, ecuánime y de ambiciones más coherentes con el medio del que se dispone
y en el que uno existe y aún a veces hasta vive, es un traje cómodo que aspiraba
a ponerme hace mucho tiempo. A todos los humanos nos pasa . Es el premio de
la pendiente de la vida que hasta el olvido puede que entre para hacernos más
fácil la separación de la vida; porque la muerte no entendemos.
Qué pena que la mosca no pudiera intervenir en sus reflexiones. Pues se sabía
también en su pendiente vital aunque su camino previo le había provocado su
situación trágica actual.
Lo lógico hubiera sido que también a ella se le hubiera ofrecido el mismo espacio
de traje cómodo al que aspiraba tras lo arduo de su camino. Pero la lógica le
había gastado la mala pasada de haberla transformado en algo inhumano
precisamente para que no le llegase solución a su problema.
La diferencia estaba en cómo le habían acontecido todos sus algoritmos
vitales hasta haber llegado a éste, tan inesperado.
Ni siquiera podía acudir a un espejo: sus poliédrica mirada le devolvería un yo
y un mundo totalmente descompuesto en "pixels" que al chocar contra la
solapa que la sostenía producía en su dueño tamaños sentimientos de atropello
y malestar descompuesto.
La observó un instante. Se inquietó un tanto de repente. Sabía dónde más o
menos había colocado sus demonios...pero y si uno de ellos se le hubiera
escapado y le rondase, inquieto, por falta de morada? Miraba a la par, a la
mosca y a su memoria.
Fue entonces cuando se le comunicó desde el departamento docente de la
inexplicable desaparición de dos profesoras, que a punto de ser jubiladas, le
habían venido a ver recientemente para exponerle sus escuálidas esperanzas
de ser atendidas por la administración central para solucionar aquella vida que
les quedara si a la Santa Administración le venía a bien o en gana solucionar
las cuentas de sus problemas.
Un problema contraído desde tan antaño que ya hedía en las bodegas de todos
los documentos venidos al archivo del olvido. Se pretendía que así, lo virtual de
todo lo absorbiese y quedase inexistente y mudo para siempre.
Lo virtual lo apresó por un instante mientras miraba a la mosca, que de pronto
se le hicieron dos.
Al final no hubo necesidad de más reflexión. Su mirada ni siquiera le rozó la
solapa. Allí quedaron, estáticamente pegadas las dos moscas de ojos poliédricos
e irisados. Ya no le molestaban. Uno de sus demonios había llegado a tiempo
y le había alertado. Un algoritmo perdido hizo razón y dio con la solución
para que lo virtual cruzara su límite cuántico y cuajara en realidad. Un escalofrío
de tiempo inmemorial se le coló por el cogote hasta descenderle espalda abajo.
No se inmutó.
Reconoci&o
acute; al punto aquel deseo confortante del alma noble capaz de la
atención generosa; de algo habían servido todos aquellos años por cuyos
vericuetos se había servido para alcanzar cotas esperadas de paz y
conocimiento.
Suspiró agradecido. También sabía- como todo lo que se sabe sin que pueda
ser explicado- que estos instantes cuánticos de verdad que conllevan la
tranquilidad o el desasosiego son siempre a nivel individual que a veces la
suerte podría comunicar a través de lo que se ha dado en llamar "obra de
arte": un algoritmo totalmente humano.
Ya que no podía explicarlo, lo que sí haría era solucionarlo. De la mosca
se había olvidado.
Al final no hubo necesidad de apelación. Comprendió que tenía que firmar el
documento de petición, porque claro, las moscas no se jubilan ni tampoco
se les cuentan trienios - y es así que se quedarían sin pensión-.
Esa fue justo la lógica que en aquel disparate cuántico las moscas habían
percibido- de ahí la consecuencia trágica de su transformación, resultado del desamparo, impotencia, desesperanza y desconsuelo que les había llevado
a su actual situación.
No andaba Kafka tan desencaminado. Una "mosca" le puede suceder a
cualquier ser en apuros comprimidos de cierto espanto cuántico de olvido.
Nada más firmar la petición y cursarla a través de su secretaria y demás
medios modernos cibernéticos de comunicación, esperó tranquilo en su
despacho. Se miró la solapa y sonriendo, comprobó que las dos moscas
habían desaparecido.
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