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QUE literario 2008
La casa- por Sofía Buchuck
Carnaval- por Adrian Varela
Los bichos- por Raul Liloy
Escribo- por Juan Calle
Luna- por Maria Laura Rubina
Las reglas del olvido- por Julieta Boveri
Mazorca moderna- por Claudia Blanco
La vida según Daniel- por Ivan Darias Alonso
El país que perdió las estaciones- por Adrián Gordaliza Vega
Un grito sagrado- por Roberto Baker
Sobre exilios y derrotas- por Maria Eugenia Bravo Caldera
La burbuja- por Silvia Demetilla
En Camino- por Barbara Godoy
El encuentro- por Gisela Jachniuk
Lee QUE LITERARIO edición 2007
La casa
por Sofía Buchuck
Tengo una casa,
con jardines tropicales de mi valle,
montañas, apus y desiertos.
Tengo allí un escondite sagrado donde nadie puede hallarme,
sólo el amor de los que tanto atesoro.
Tengo una casa en Londres,
con sábanas recién planchas para saber que es casa.
Dejé mi patria en mil pedazos cabalgando sobre la muerte.
Pero aun así florece la alegría en cada primavera,
desde las manos amplias de mi madre.
Tengo una casa en la memoria transitada,
allí cantan los baúles de mi infancia,
heredadas por el cordón umbilical de los ancestros,
me pierdo cada vez que puedo para rescatarlas del olvido,
allí florecen mis sueños aunque sólo sea un juego de canciones y melodías.
Tuve una casa en el norte de Londres hace poco,
con jazmines y niñas inglesas jugando con la nieve,
Y otra dorada en el sur de la ciudad donde mi hermana concina con dulzura,
Y…ríe campanas,
desgranando poemas de papa junto a la lluvia.
Y para no seguir buscando más casas en la vida,
tengo una casa en el alma,
Allí habita mi país con todos sus sonidos,
grillos, caracolas, y aves,
ciudades con infinidad de razas y colores.
Mi país de sangre generosa,
se desprende en sonrisas como flores hasta el suelo,
y aun teniendo heridas estalla en fiesta cuando su corazón se colma.
Tiene soles resplandecientes en sus colinas,
para revivir la esperanza desde las cenizas.
TOP
Carnaval
por Adrian Varela
Aún ahora, a miles de kilómetros, y años después, y sí, sólo en aquellas raras
ocasiones donde me permito sacarme del ritmo frenético de esta metrópolis
contemporánea, aún ahora puedo cerrar los ojos y verme en una de esas noches
de verano, respirando el aire de mar de La Paloma, aprontándome para salir.
Cada pueblo de Sud América , particularmente en la costa atlántica tiene, me
imagino, su manera particular de festejar el Carnaval. Es curioso pensar que los
carnavales pertenecen a ciertos tiempos y lugares y la gente que los crea. Y sin
embargo una vez que pasa, todo el mundo vuelve a sus vidas cotidianas como si
nunca hubieran ocurrido, y el carnaval desaparece bajo una existencia latente,
hibernando hasta su re-fusión al año siguiente.
Ninguno de estos pensamientos me acompañaban aquella noche. No importaba
que fuera verano, antes de salir siempre tenías que mirar las puntas de los pinos
por el viento, y tratar de embocarle adivinando qué humedad habría más adelante
para saber si te congelarías o no. Siempre podía llegar a ponerse muy frío abajo en
las bahías, y siempre valía la pena congelarse en aras de ser caballero. Un buzo
entonces.
No recuerdo donde estaban todos. Está claro por qué recuerdo lo que sucedió
después, pero nunca he podido recordar cómo llegué hasta la playa solo. Debo
haberme dejado deambular.
Era un lugar familiar, uno que era lindo de noche pero mejor evitado durante el día.
A tres mini-bahías de distancia, el faro comandaba con su presencia imponente sobre
las miserables olas que rompían en las rocas a cien metros más adentro. Pero el faro
mismo no se veía desde aquí. Es más, los fuegos artificiales estaban comenzando a
alumbrar el cielo tanto que comenzaban a dejar perdido el haz de luz del faro.
A esta hora los bañistas se habían retirado, obviamente. Los castillos de arena de los
niños habían prácticamente desaparecido. Solamente quedaban pilitas tentativas de
arena, con surcos en forma de ‘V’ hacia el agua. Y sin embargo todo estaba lejos de
estar en silencio.
Recuerdo que alrededor de esa época mi instructora de yoga me había dicho ‘escuchá
los sonidos, pero no los clasifiques. Algo bastante difícil para alguien no iniciado en la
meditación. Y sin embargo con práctica había logrado mejorar en esto, y tenía la
capacidad ahora de escuchar colecciones de sonidos, de escucharlos individualmente,
y sin embargo dejarlos donde pertenecían: en el fondo de mi mente, como un lienzo
sobre el cual mi mente pintaba libremente.
Las olas venían y se retiraban, borrando más rastros de los castillos de arena. Más lejos,
el rugido hondo del océano aseveraba ser el dueño de los eventos que oía más cerca
de mí. El viento silbaba en mis oídos como siempre lo hacía allí afuera. La arena crujía
bajo mis zapatos mientras caminaba el largo de la bahía.
Me había acostumbrado cada vez más a escuchar el sonido de mis propios
pensamientos. Quizá fuese por esto que me encontré caminando por la orilla. Tenía la
sensación de captar cada vez más sobre lo que me rodeaba cuanto más tiempo pasaba
solo, así que haberme desencontrado con mis amigos no me molestaba demasiado.
Por ejemplo, todas las bahías tenían en sus centros una caseta de madera y techo de
quincho para los salvavidas. Desde ahí hasta como la mitad del camino del borde de
la bahía, la playa estaba vacía. Pero en esta bahía, en el último cuarto en cada punta,
había grupitos de postes altos solitarios de madera, erguidos a unos pocos metros unos
de otros, dando la impresión de un extraño, desnudo, monte artificial. De la parte
superior de cada poste colgaba una especie de nido-combinación-jaula hecha de ramas, ramitas y alambre, toda la estructura siendo sujetada por un armazón de hierro
podrido. En cada nido podía entrar una, o quizá dos personas.
Trepar estos postes con mis amigos para mirar los fuegos artificiales del carnaval había
sido siempre una de las cosas más ‘chau’ del verano. Lo habíamos hecho quién sabe
cuántas veces, y sin embargo recién ahora me percaté que no estaban todo a lo largo
de la bahía, sino que había sólo estos dos pequeños montes en las puntas, donde los
extremos de la bahía se tocaban con la bahía siguiente.
A esta altura había alcanzado la punta de la bahía donde las rocas hacían una escollera
natural. Instintivamente me agarré del poste más cercano e inconscientemente decidí
treparlo. El sonido de mi marcha sobre el arena había sido sustituido por el sonido de
fiestas en la lejanía. El cielo ya estaba bien encendido con los fuegos artificiales, y
cruzando, en el lado lejano de la bahía, algunos fiesteros habían bajado a la playa, ellos
también avanzando hacia los postes de aquella otra punta. El viento soplaba fuerte y
traía sobre las olas sus canciones y risas. Apenas podía distinguir sus siluetas mientras
comenzaban a trepar los postes lejanos. Ahora me acordé. Habíamos cambiado el lugar
usual de reunión por La Currica, y habiéndome olvidado por completo de esto (algo no
inusual en mí), les gané de mano hasta la playa.
Pero a esta altura ya había conquistado el poste, y estaba tratando de encerrarme aquí
arriba en la jaula, y, en la medida de lo posible, en una posición cómoda. Cómoda
significaba no sólo tratando de evitar calambres, sino hasta de meterse las medias por
arriba de los pantalones, para que no me entrara el viento traicionero por ningún lado.
Era un proceso largo el encastrarse en uno de estos aparatos, y uno aún más largo para
salir. Los nidos eran bastante fuertes, así que se requería de esfuerzo, además de ingenio,
para cinchar las ramas alrededor de uno de tal forma que se entrecruzaran y trancaran,
quedando uno contenido dentro. Si no fuese por este sistema como de trampa, uno podía
quedarse ahí arriba solamente el tiempo que aguantaran los músculos agarrado al poste.
Una vez dentro, uno podía quedarse tanto como quisiera, o sea hasta que terminaran los
fuegos o que te congelaras, cualquiera fuese lo primero. Me prometí una vez más que el
año que viene no me olvidaría de traer una manta.
Lo gracioso y un poco macabro de todo esto es que una vez trancado, el nido en sí cuelga
muy libremente del poste, así que me traía recuerdos del esqueleto colgado afuera del
Museo de la Prisión de Londres; un poco como un aparato que usaría Houdini. Si uno ve
que el movimiento se vuelve demasiado, uno tiene que volver al piso. Pero si uno puede
adaptarse, jugando juegos mentales, como convencerse de que es una especie de mareo
a bordo de un barco, entonces uno puede dejarse ir, y disfrutar de un despliegue
espectacular de fuegos artificiales.
¡Y qué fuegos veía yo ahora! A esta altura el carnaval estaba a toda vela. A pesar que la
avenida principal estaba oculta detrás de las casas y los pinos, podía ver luces brillantes
a través de los árboles. Seguramente los carros más grandes estaban pasando ahora. Me
alegraba de perderme todo el desfile, porque los carros y cabezudos siempre me parecieron
grotescos y estúpidos. O al menos, sin sentido. Si me veía obligado a ir, siempre miraba la
gente mirando el desfile, no el desfile en sí. Pero mi primera opción siempre era lo que
tenía ahora: simplemente inferir los acontecimientos desde un punto de observación
lejano. Además, la mejor vista de los fuegos era desde aquí.
Arriba y encima vinieron, silbando y explotando luego de silencios. Traté de adivinar cómo
sonarían al explotar, según la figura que describían. Siempre me desencantó un poco el
hecho que el sonido viaja tanto más atrás que la luz. ¿No sería mucho más interesante si
la explosión visual y el ‘bang’ auditivo vinieran juntos, como en las películas? ¿Y no sería
enervante si el bang hasta precediera la explosión de luz (como hace el trueno y rayo
en la tormenta de la 6ª de Beethoven)? Y sin embargo seguí con el ejercicio porque
parecía estar embocándole a adivinar el sonido por la explosión de luz, y el tipo de
explosión por la luz ascendente.A esta altura un olor a quemado muy penetrante había alcanzado mi nariz, el sonido
que nos dice que el carnaval realmente ha llegado. Es increíble como un pueblo entero
puede salir a la calle a hacer una muestra pacífica de pólvora y explosivos. Las calles
estaban alineadas con botellas de vidrio de leche mientras padres, niños, amigos,
viejos, locatarios, todos paran sus cañitas voladoras adentro, las apuntan al cinturón
de Orión, prenden la mecha y corren a la seguridad del porche mientras despega el
cohete. Adentro de la botella quedan remolinos de humo blanco, los cuales todos
habíamos tratado, en algún momento de nuestra infancia, de oler, y por lo cual nos
habíamos ganado un coscorrón. Ahora este olor venía sobre la bahía, mezclándose
con el aire de mar, formando una combinación casi mágica.
Y otro olor más también. Debía ser más de la medianoche, la gente seguía con los
asados. Chorizos, morcillas, asado, lo que quieras. El carnaval, como el verano en
general, significaba esto también. No hay nada como no hacer nada, mientras te entran
tus sonidos y olores preferidos. Sin duda le daría golpe de estado al parrillero cuando
volviera.
Así que me dejé mirar hacia el cielo, como en un trance. El cielo estaba alumbrado
casi como de día. Recordé el cielo de Berlín en Año Nuevo el año que cayó el muro, y
hasta ese cielo palidecía (u oscurecía, más bien) al lado de éste. Traté de ver lo más
largo y ancho que podía, no quería perderme nada. Si miraba directamente hacia arriba,
los fuegos me tragaban. Hacia abajo veía el borde de la avenida alumbrada. Hacia arriba,
el oscuro del mar. A la derecha, los fuegos lejanos de los asados. Y a la izquierda... aún
no lograba hacerse sentir la luz del faro.
Y ahora el carnaval estaba al máximo. El aire y el mar cayeron sin resistencia en un
segundo plano, y aquí tenía música, aplausos, gritos y risas que venían todos juntos
en un frenesí mezclado. Esta era una de las pocas cosas que importaban en la vida, y
que son tan difíciles de describir. Y sin embargo, nunca había encendido mis sentidos
en forma tan fuerte: todos los gritos, cantos y chillidos del frenesí, los fuegos, el humo,
la quemazón, los fuegos artificiales, el mar...
Al tiempo me entró el frío. Comencé a salir de mi ensueño nocturno y a deshacer las
trancas del nido. Tuve que tener mucho cuidado, no quería resbalarme y caerme 3 metros
hasta el arena. Mis dedos estaban entumecidos, pero luego de unos diez minutos logré
liberarme y llegar hasta abajo sin problemas, y comencé a volver sobre la bahía. No lo
había notado desde el nido, pero ahora mientras caminaba me llamó la atención lo bajo
que estaban volando los fuegos artificiales. Claro que el viento había estado soplando de
costado hoy, y se había intensificado durante la noche. Pero sin embargo me pareció fuera
de lugar, y por qué no, peligroso, que describieran arcos tan bajos. Mientras la arena crujía
nuevamente, mi mente comenzó a recordar las corrientes subterráneas de sonido que se
habían entremezclado en mi mente en el nido. Un sonido había desaparecido de la mezcla,
pero no podía darme cuenta cual. Fuegos explotando, canciones, el mar...
Sí, los gritos. Me paré en seco y me pregunté porqué había habido gritos, y chillidos.
Gritos de alegría, sí. Pero esto no habían sido gritos cualesquiera, sino que habían sido
gritos de angustia, de terror. ¿Por qué los había oído? ¿Y por qué mi mente no los había
registrado antes? Y otro sonido más faltaba: el chisporroteo del fuego. Pero si se habían
terminado los asados, ¿por qué el olor a carne cocida seguía tan penetrante en el aire?
Un instinto interior me susurraba que el asado no huele así de dulce.
Mientras llegaba a la casilla de los salvavidas, cruzó una cañita volando sumamente bajo.
Mi vista la siguió hasta que se estrelló en la arena al pie de uno de los postes al otro lado
de la bahía, inundándolos de luz al explotar. Mi mirada siguió los postes que habían
trepado mis amigos más temprano, hasta los nidos. La madera ya no estaba, sólo
quedaban los armazones de metal chamuscado. De los nidos aún salía humo.
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Los bichos
por Raul Liloy
De tanta lluvia y poco sol, tenían una piel muy blanca y esponjosa; venían volando y
cuando caían, rápidamente comenzaban a excavar hasta enterrar medio cuerpo en la
arena. Algunos al caer contra las piedras, estallaban como sandías, dejando por doquier
los pedacitos de su cuerpo.
Tenían de cola un aguijón que se clavaba en la arena y disponían de brazos o tenazas
con los que cavaban alrededor hasta meter gran parte de su cuerpo en la tierra. Sus alas
eran muy torpes, apenas servían para maniobrar en el viento y dejarse llevar hasta llegar
a nuestras tierras.
Ellos venían de lugares muy remotos; aguardaban días enteros, rodeados de su familia,
la llegada del viento para volar. Siempre se iban los más viejos, los que ya no soportaban
la falta de sol y el exceso de lluvia, que los estaba pudriendo
Al principio la gente no molestaba a los bichos pálidos, además cuando intentaron
desenterrarlos, los bichos escupieron una baba negra, con un olor apestoso que no se
desprendía del cuerpo en semanas. Los más jóvenes, en represalia o por diversión, se
entretenían arrojándoles piedras, pero cuando los bichos morían, lanzaban un fuerte olor
a podrido, por lo que el ayuntamiento prohibió dañarlos y puso varios policías municipales
de guardia para evitar que los molestaran. Al fin y al cabo, los bichos siempre elegían caer
en los descampados, lejos del pueblo, en parajes donde nada crecía.
Al tercer año, los bichos dieron unos frutos rojos del tamaño de una naranja. En el interior
de los frutos habían semillas redondas como perlas y luminosas. Los frutos cuando
maduraban, caían al pie de los bichos y en la noche las semillas brillaban como si fueran
bichitos de luz.
En el pueblo mucha gente andaba con esas semillas, y cuando un joyero del pueblo llevó
algunas semillas a la capital volvió con la noticia de que esas semillas podían servir para
hacer collares. El joyero pagaba muy bien por cada semilla y en las noches cuando los
policías se retiraban, la gente iba a cosechar semillas, para ello primero atontaban al bicho
con humo y les cortaban los frutos.
Algunos vecinos empezaron a fabricar redes para atrapar a los bichos cuando caían del cielo,
los atontaban con humo y se los llevaban a sus quintas para plantarlos. Todo esto llego a
oídos del alcalde, que se mostró conforme con lo que parecía el inicio de una nueva y
fructífera actividad del pueblo como era cultivar bichos pálidos. Pero los bichos dejaron de
dar frutos en cautiverio y rápidamente se secaron; para peor, los bichos dejaron de llegar.
Nunca más se los vio de nuevo y los del desierto aparecían desenterrados agonizando, y de
nada valía volver a enterrarlos.
El museo del pueblo guarda algunos ejemplares embalsamados y son hoy la principal
atracción del pueblo y una de las mil razones para visitarlo.
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Escribo
Juan Calle
Escribo para todos aquellos que están vivos.
Los que han muerto y los que han de venir.
Escribo para los padres, las madres, familias y los hijos
sin porvenir
Escribo para los profesores, abogados, médicos, enfermeros,
los policías, buenos y malos.
Los políticos corruptos, políticos leales y
dictadores de facto (que se vayan pronto)
Escribo por los perseguidos, torturados, explotados y desaparecidos,
las viudas, huérfanos y niños abortados.
Escribo por los cristianos, musulmanes, budistas, protestantes y hare krishnas,
(Basta de odios y rencillas.)
Escribo por el amor, la paz y la justicia social.
Por los poetas, actores y músicos que trabajan por el pueblo.
Escribo por el cielo, los campos, las nubes y el mar,
los bosques incendiados, niños asesinados y los
poetas que mueren en el exilio.
Escribo porque tengo que escribir
Escribo por todos aquellos que predican
la paz. (si no cumplen sus promesas, mejor que no digan nada)
Escribo por aquellos que abandonan a sus hijos
y se olvidan de ellos para siempre.
Escribo para Dios, el diablo, para el que cree y el que no cree.
Escribo por todos los santos, pecadores y los arrepentidos.
Escribo por los científicos y filósofos, universidades,
Intelectuales y por aquel que duerme en las calles
Escribo por los Derechos humanos, Naciones Unidas y
Amnistía Internacional
Los países en guerra y todos los deportados.
Escribo porque tengo que escribir
porque estoy vivo y
porque sé que algún día tendré que morir….
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Luna
por Maria Laura Rubina
Pequeño astro, llegaste en Junio
Tu cuerpo enterito cabía en un puño
Tus ojos rasgados de pestañas tupidas
Mientras tu boquita lloraba a estampidas
Qué linda Lunita, pícara y viva
Atrapar mariposas es toda tu vida
Tu tamaño modesto no encuentra los miedos
Mientras mamá y papá ¡Se comen los dedos!
Curiosa, curiosa, curiosa
Siempre a la caza de tu mariposa
Canciones eternas, llena de sonrisas
Con cada palabra una nueva prosa
Creaste ventanas, puertas, portales
Para que también veamos tus muchos rosales
Que bueno tenerte, Lunita preciosa
A vos, a tu risa y a tu mariposa
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Las reglas del olvido
por Julieta Boveri
Ha descubierto que no había aprendido nada. Que vive en su cabeza, más de lo que
se ocupa en vivir en lo que pasa afuera. ¿Qué es lo que hay afuera? Nada, es sólo una
visión lo que exploramos en esta vida. Ha entendido que habita en una pregunta
constante, en un debate irritante que a veces le hace bien, y otras, muy mal. No ha
aprendido nada.
Suena una melodía tímida en el piano vertical, amenazador, que atrapa a una señora
y la devuelve una niña, sentada con la espalda encorvada y con sus pies moviéndose
en punta: la pera apuntando al pecho, temerosa, pero dueña a la vez de lo que
verdaderamente importa. Fuerte, más fuerte, más apasionadamente, le hace frente al
miedo y se muestra triunfante y humilde a la vez, como quien ha ganado una batalla
con esfuerzo, pero sin tácticas ni juegos. Y ella se vuelve a extraviar en un laberinto,
la música ahogada de fondo, mientras corre, huye, lejos de sí misma, de todos los
lugares, hacia ninguno, y se pierde, pues para eso son los laberintos, hasta que en uno
de los rincones se tropieza con el pasado, cayéndose de boca frente a todo lo que no
quería ver. Sangre espesa, roja, cayendo de su boca abierta; aprieta los dientes para
ponerse de pie, pero no puede, hay voces que la persiguen, voces que son nuevas,
mentiras que empiezan a agitarse en el tiempo, que la toman de las piernas y no la
dejan avanzar, que no la dejan escapar; mentiras de una historia que no se acaba, se
desvanece, se echa para atrás. Adormece la furia y se promete olvidar, pero el olvido
no se muestra, se agazapa detrás del castigo auto-afligido por la memoria inevitable
que acompaña su soledad. ¿Quién fue esa persona que la dejo caer? Mecen un bebé
unos brazos extraños, imágenes entrecortadas que no tienen sentido y se lastima
quien intente dárselo.
Se marea, débil, perdida y asustada, sin reconocer qué es lo que hay alrededor, en
búsqueda de lo que hubo tenido, sin saber lo que puede, lo que quiere, o lo que está
permitido.
El sol se refleja sobre sus ojos oscuros, las lágrimas desvían la luz. Se mira en el
espejo, y pretende haber entendido. Esto no es un sueño, tal vez, un juego, en el que
sin saberlo se ha metido.
TOP
Mazorca moderna Por Claudia Blanco
La presentación del nuevo libro de la distinguida periodista del diario La verdad, Paula
Artaolaza, Masitas a la hora del té, tendrá lugar en la sala capitular de la embajada
argentina, el sábado 21 de junio a las 16 horas. Dirección: Belgravia 19, EC1 W5D
Londres.
Los libros estaban apilados en una mesa de nogal del siglo XIX, de patas labradas y
apliques de plata en los bordes. Adquirida hacía cinco años por la embajada, en una
subasta de Christie’s, había pertenecido a Rosas; aparentemente había escrito toda su
correspondencia en ella, durante su exilio en Southampton.
La sala capitular de la embajada, está situada en el primer piso del edificio, tiene grandes
ventanales, protegidos de la mirada exterior por unas cortinas blancas semitransparentes,
que dejan filtrar la luz. En las paredes, retratos de San Martín, Belgrano y Sarmiento
observan los preparativos del té de las cinco.
Sarmiento examina los libros desde su rincón, con su eterna expresión severa.
San Martín, en cambio prefiere mirar por la ventana y Belgrano, parece hipnotizado por
la araña de cristal de murano que cuelga del techo.
Es un día luminoso, la luz entra a raudales en la sala, donde el personal de servicio de la
embajada dispone las sillas de terciopelo rojo para el evento. Los técnicos comprueban
los micrófonos, uno para la periodista, y otro para el público, cuando se abra el turno de
preguntas.
Masitas a la hora del té, es el segundo libro de Paula Artaolaza, y el primero publicado en
el Reino Unido, con el patrocinio del gobierno argentino. Se trata de una recopilación de
entrevistas a personajes de actualidad británicos, que la periodista había realizado durante
un año y medio, mientras trabajaba como corresponsal en Londres para el diario La verdad.
Paula Artaolaza, siempre atenta a los detalles elegantes, encargó que se dispusiera en la
sala adyacente, una mesa alargada, cubierta con un mantel de hilo bordado y vajilla
tradicional inglesa, propiedad de la embajada en Londres. Varios platos de postre
esperaban a los asistentes al evento con una selección de scones, sándwiches, masitas
finas y secas.
El té, llegará más tarde, cuando la charla esté a punto de terminar. Con puntualidad
inglesa, Paula había previsto, que su exposición más el turno de preguntas durase
aproximadamente una hora. En ese momento, se abrirían las puertas que separaban la
sala de conferencias de la sala adyacente, con la mesa dispuesta para ofrecer un té a
sus invitados.
Paula comprobó su reloj, eran las cuatro menos cuarto, se miró en el gran espejo que
quedaría a su espalda, cuando empezara a presentar su libro desde el atril. Todo estaba
en orden; su trajecito color crudo de saco ajustado y pollera por encima de la rodilla, su
melena corta, perfectamente peinada por el coiffeur Mariano, que viajó especialmente de
Buenos Aires para la ocasión, y por últimos los zapatos de taco alto, en el mismo color
que el traje, de Manolo Balhnik.
Paula observó fascinada este último artículo de su indumentaria; un capricho que le había
regalado su novio, para celebrar la publicación en Inglaterra de su nuevo libro.
La periodista se dirigió al atril, donde la esperaban unas notas, en caso de que tuviera una
laguna, y no supiese cómo seguir. Repasó los papeles, mientras un empleado cerraba la
puerta que comunicaba la sala donde se serviría el té, de la de conferencias.
La gente empezaba a llegar y a sentarse, la periodista vio varias caras conocidas; el
embajador de Uruguay y su esposa, el director del diario para el que trabajaba y el
jugador de polo Marcelo Coghlan, sus amigos Jimena Bertini y Jorge Del Pino.
A las cuatro en punto, Paula dio la bienvenida a los asistentes al evento, y les agradeció su presencia. Explicó cómo le había surgido la idea de un libro de entrevistas a
personajes relevantes del Reino Unido actual, una mañana que se dirigía a su oficina en
la corresponsalía del diario La Verdad. Como estaba previsto en sus notas, pasó más
adelante a hablar de las anécdotas más divertidas recopiladas en el libro.
Toda la charla duró, tal y como tenía previsto, media hora, momento en que dio paso a
las preguntas del público. Como esperaba, se hizo un silencio de unos segundos, porque
nadie se atrevía a romper el fuego con la primera pregunta, hasta que el propio
embajador, le preguntó por qué había elegido ese título para su libro. Ella le respondió
que la razón la descubriría más adelante, cuando lo leyese.
Siguieron más preguntas relacionadas con los personajes entrevistados, hasta que a las
cinco menos cinco avisó al público que ésa sería la última pregunta, porque ella les había
preparado una sorpresa, y no se podían demorar. Un hombre de pelo negro rizado y
mirada huidiza, preguntó si iba a firmar los libros, Paula Artaolaza, contestó que por
supuesto, que lo haría, pero que le sugeriría que lo hojease tranquilamente, mientras
disfrutaba de una rica taza de té con scones.
Su sonrisa, fue arropada con comentarios de aprobación del público y aplausos
comedidos, mientras dos empleados abrían la puerta que hasta ese momento escondía
la sorpresa de la velada. La mayor parte de la gente, se dirigió a la mesa servida, sin
reparar en los libros que quedaban dispuestos, en la mesita junto a la pared, en diagonal,
al atril donde Paula había dado su conferencia.
Paula, reparó que la única persona que se dirigió directamente a la pila de libros, fue el
señor morocho de cara sudorosa que le hizo la última pregunta.
La periodista, lo miró con reprobación, ahora no le quedaba más remedio que sentarse
en la silla dispuesta para que ella firmara las dedicatorias a sus compradores.
A su izquierda un empleado de la administración de la embajada se encargaba de cobrar
los libros.
-¿A qué nombre quiere la dedicatoria, señor?
- A nombre de *******
- Paula, sintió un fuerte dolor en los oídos al escuchar el sonido inhumanamente agudo
que salió de su garganta.
Sorprendentemente, nadie se inmutó, como si no hubieran oído nada, seguían hablando
mientras bebían té y comían masitas. Paula, no se atrevía a preguntarle su nombre
nuevamente, pero algo tenía que escribir en la dedicatoria. Recobró la compostura y
escribió: al señor que no le gusta el té, probablemente le guste el mate, cerró el libro
y se lo entregó.
Por lo visto, el ver a una persona comprando el libro, tuvo un efecto dominó, que hizo que
el público redescubriera cuál era la razón de su visita al barrio de Belgravia.
Este hecho logró tranquilizarla, como si la larga cola que ahora se había formado delante
de la mesa de Rosas, la protegiera, de ese individuo perturbador.
Paula Artaolaza, se concentró en las dedicatorias y en recibir con una sonrisa agradecida
los cumplidos provenientes de su público. Cuando estaba casi llegando al final de la cola,
levantó instintivamente la cabeza, y miró en diagonal hacia la esquina a la izquierda de
la ventana. Junto a la mesa del té, el hombre morocho hojeaba el libro, mientras sonreía.
Este hecho pareció perturbarla gravemente. De forma distraída, firmó los últimos libros, sin notar, que un murmullo creciente se
apoderaba de la sala, hasta que la fuerza de la mirada de varias decenas de pares de
ojos, la obligaron a levantar la vista, y prestar atención a los comentarios. Los asistentes
al evento, la observaban con franca hostilidad; la mismísima esposa del embajador
uruguayo le gritó, que a ver que broma era esa, acercando el libro muy cerca de la cara
de la escritora.
Paula lo tomó en sus manos para ver cuál era el motivo de tanta crispación. Abrió los
ojos, atónita al comprobar que el libro, su libro, estaba escrito en un extraño idioma que
no podía reconocer. Se levantó de la mesa, balbuceando, que alguien le había jugado una
mala pasada, y había cambiado los libros.
Una mujer de pelo oxigenado y piel curtida por el sol de Punta del Este, le gritó que era
una estafadora, y que tenían que devolverle el dinero inmediatamente. Paula pidió
tranquilidad, mientras se acercaba nuevamente a la mesa para comprobar los libros que
quedaban sin vender, todos estaban llenos de los extraños caracteres. Angustiada, se dio
la vuelta, para enfrentar a su público, cuando de pronto sintió un impacto en su pómulo
izquierdo, a partir de ese momento le cayeron masitas rellenas de crema, de dulce de
leche, sándwiches de queso y de pepino.
La furia se apoderó de los asistentes y no cesó hasta que se acabaron los proyectiles y los
atacantes se fueron satisfechos de haberse defendido a tiempo. Lapidada por las masitas,
Paula buscó una silla donde sentarse y comprobar el estado en que había quedado. Sentía
un fuerte dolor en el pómulo izquierdo, donde había caído el primer impacto. También
comprobó con rabia, que su traje estaba arruinado por las manchas de los diferentes
proyectiles. Al mirar al suelo, comprobó con terror que sus zapatos estaban mojados y
manchados de té.
Ante semejante tragedia, sólo le quedaba el desahogo de llorar largamente sobre el
hombro de su novio, el embajador argentino en Londres.
(*) Mazorca: se conoce con este nombre a la matanza de enemigos políticos (unitarios) por
parte del gobierno de Rosas (federales); se trata de una deformación de la pronunciación
española de más horca.
Los federales, defendían una organización autonómica del estado, dando poder a las
provincias; fue un movimiento de corte populista nacionalista. Rosas, aún hoy, es una
figura controvertida en la Argentina, para unos fue un dictador sanguinario, para otros un
nacionalista; algunas personas hacen un paralelismo entre su figura y la de Perón, que
también es una figura controvertida.
Por otra parte, los unitarios defendían una concepción del estado centralista y se
autodefinían como defensores del progreso y la civilización, podríamos definirlo como un
movimiento político liberal conservador. Una de las figuras más relevantes de este
movimiento fue el general Lavalle.
Sin embargo, y aunque resulte confuso, federalistas y unitarios los hubo tanto en las
provincias interiores como en Buenos Aires, provincia que tenía en su poder la aduana
nacional y que manejaba las relaciones exteriores del país, con el consiguiente mayor
poderío sobre las demás.
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La vida según Daniel
por Iván Darias Alonso
Cuando se despierta y estira sus músculos, Daniel presiente que hoy tampoco será su
día señalado, habituado como está ya a las jornadas intrascendentes, y si sale a la calle
dispuesto a encontrar una señal que le demuestre lo contrario, es porque todavía supone
que la mala suerte siempre resulta un mero pretexto con el que se justifican los
perdedores. La ciudad permanece en el mismo sitio, dividida en zonas de actividad:
gente pasando apurada, ruidos de automóviles, partículas de hollín y polvo que se
adhieren a la piel; y otras zonas de relativa calma: personas aliadas a los bancos para
perdurar, miradas pausadas de desencanto y el aire como un cuerpo pesado que cae
sobre los edificios con el propósito de aplastarlos. El movimiento sucede así, como una
acumulación de instantes, y es preciso averiguar cuál será el más conveniente para
atraparlo y vivir en él, limitarse a sus horas de comienzo y fin con tal de respirar el
oxígeno suficiente para una sonrisa. El mundo también está ahí, con sus contornos
delineados según la ocurrencia de un poder sobrenatural, y Daniel, desde su cama, aún
sin la energía necesaria para arrancar su mañana, suele preguntarse: ¿Dónde está la
vida?
En la habitación contigua su padre agoniza. Huele a alcohol, a pomadas, y de vez en
cuando se queja. El dolor le nace a un costado, sube por la espalda y parece como si
se concentrara en la nuca para que de un momento a otro la cabeza salga desprendida
del cuerpo y sus familiares comprendan que ha muerto. Mientras tanto se resignan, lleva
cuatro meses de convalecencia, en ese tiempo lo han visto consumirse, desinflarse,
perder el aliento, dejar de respirar, entornar los ojos, llenarlos de apariencia vidriosa, y
ahora suponen que morirá pronto, aunque no alcancen a imaginar cómo se presentará
la muerte, pues en la cama hace mucho tiempo que solo yacen los restos de un ser querido.
Desde la puerta su hijo lo contempla y le cuesta creer que alguna vez fue el cuerpo
musculoso que lo hacía desaparecer con cada abrazo. Recuerda que cuando le anunciaron
la enfermedad se dejó caer desplomado y ni cuatro hombres lo pudieron levantar. Sin
embargo, hace dos semanas, para cambiar el colchón no hizo falta llamar a nadie, Daniel
pudo cargarlo solo. “Chao, papá” —le dice e imagina que el gesto quejumbroso o el
sonido desagradable que inunda la habitación contesta a su saludo, ¿o ha sido acaso una
despedida?
Daniel está en la acera esperando a Grettel, como si ella fuera la última esperanza para
aniquilar el desánimo. Sabe que llegará, es el único acontecimiento que le resulta
placentero, lo demás ocurre en otra dimensión, se activa o desaparece cuando entra o
sale de su casa. La vida puede ser un repaso de sucesos, no hay nada previsto, no hay
nada casual, pero todo acontece. La calle, la ciudad, el mundo, se añaden a la vorágine
de lo que importa: un minuto para respirar, una hora para pensar, un día para andar,
una semana para comer, un mes para trabajar y un año para vivir.
“Esto no es vida” —le dijo su padre en la sala del hospital cuando despertó rodeado de
sueros y equipos. Desde esa tarde Daniel tiene una pregunta en la mente, una pregunta
sin respuesta, un incentivo que domina cada acción. Grettel no lo entiende, pero lo
supone. Lo único que ella siempre aparece dispuesta a reanimarlo, conectada a la última
imagen que haya visto en la televisión, ya sea una sobrecogedora escena de guerra o una
reseña frívola sobre una gran fiesta.
Hoy, por ejemplo, puede venir caminando aprisa, con el pelo recogido y síntomas de
agotamiento. Entonces puede que lo arrastre a la piscina y lo rete a nadar a toda
velocidad. Es verano, a veces hace demasiado calor y otras llueve torrencialmente.
El clima destruye cualquier plan, pues ninguno de los dos períodos motiva a hacer algo.
Sin embargo, ellos se atreven a romper la monotonía y quizá terminen en una de las
discotecas del centro, donde sudarán y caerán rendidos a la estridencia, seducidos por las melodías de escasos y reiterados acordes que seguirán como si no lo estuvieran
haciendo, por la caprichosa coincidencia de ese baile con las acciones cotidianas, de modo
que al final, despeinados, pegajosos y sonrientes logren mirarse a los ojos para la
confirmación de una frase de euforia: “Esto sí es vida” —acabarán diciendo.
Grettel se demora y Daniel ha sentido el impulso de desear que no aparezca. Sobre todo
hoy cuando él insiste en la posible ocurrencia de un hecho inusual, algo que lo desestabilice,
le quite el sueño o sea suficiente para experimentar una situación que lo marcará para el
futuro. ¿Lo necesita? Sí, está seguro, es una verdad tan real como la escena que ahora
representa, sentado en una de las mesas del bar cercano al sitio de todos los encuentros
con su novia. Pide una cerveza, el líquido frío lo transporta de golpe a otra época sin que
pueda adivinar si forma parte de alguna etapa de su existencia. Lo cierto es que ha visto
a su padre sentado a una mesa similar, sonriendo de manera escandalosa, con el vaso de
la bebida espumosa alzado en ademán de brindar.
“Todos deberíamos vivir en un bar” —piensa y hasta quiere comentárselo a alguien, a un
espectador neutro, educado, ajeno a sus sensaciones, carente de compromiso. “De
acuerdo” —le dirá, porque tiene que ser una respuesta afirmativa, no será necesario
aclararle que el bar funciona como la ciudad, el país, el mundo: alguien detrás de un
recinto protegido se encarga de conceder y reprimir deseos, brinda servicios, provoca
alegría, y cuando esta aumenta en intensidad resulta dañina. Respira, traga cerveza, mira
por el cristal hacia fuera, pues aún espera a Grettel. Cuando llegue pedirá otra cerveza, o
se animará a beberse un refresco, un coctel de carbohidratos que lograrán eliminar en la
tarde si se deciden a correr cinco kilómetros. Entonces irán al estadio, reaparecerán en la
pista y comenzarán a trotar. Los primeros mil metros transcurrirán rápido, por su ritmo de
carrera ellos serán los protagonistas del óvalo. Él probablemente medite en la habitación
que ocupa su padre y en que antes de concluir las 13 vueltas y media alguno de los
conocidos saldrá decidido a detenerlo, pues habrán llamado de la casa y la noticia será cierta,
la noticia que espera, aunque todavía se diga que no está preparado, el único suceso que lo
vincula al curso habitual de los acontecimientos: la muerte de un ser querido. Si no lo
interrumpen apretará el paso, dejará atrás a Grettel para que ella complete una distancia
menor y lo espere con el cronómetro listo. Lo accionará más tarde, cuando vea venir a
Daniel con el último esfuerzo y el torso desnudo. Él se inclinará hacia delante, imaginará
romper alguna señal de meta y se alejará del punto en el que ella habrá apretado el botón
del tiempo. “Veinte minutos” —gritará después y lo alcanzará para abrazarlo, porque nunca
en su vida ha podido recorrer la distancia tan velozmente.
Daniel sale del bar, camina hacia un teléfono. Le cuesta admitirlo, pero no soporta que
Grettel se retrase. Va a marcar su número. Oye el timbre, espera y sale una voz conocida.
Está llamando a casa; sin embargo, prefiere que su madre ignore que ha sido una
equivocación, tampoco puede convencerla de lo contrario. Ella también presiente que el de
hoy será un día sin sobresaltos, la sucesión de otras horas de excesiva calma, de agonía
lenta. “¿Quieres algo especial para la comida?” —le pregunta, y él lo escucha como si fuera
un lamento por el exceso de polvo en todas las habitaciones. Conversan poco, él le pide el
número de la abuela, ella le cuenta que se rompió el ventilador; él insiste en averiguaciones
sin sentido, ella le comenta que hace calor.
“Es cierto” —habla Daniel, y antes de despedirse le asegura que regresará pronto. Tiene la
camisa pegada al cuerpo, se siente incómodo e impaciente, podría decirse que nervioso.
Quizá solo está cansado, intuye que ha esperado mucho por un punto de ruptura, por la
conclusión de una etapa que no logra definir y se lamenta de que muy pocos conozcan su
situación. Para colmo le da el sol en la cara, y en la espalda mojada y untuosa, y en las
manos y en las piernas, y no corre aire, solo hay vapor seco, o a lo mejor es que ya está
dentro de una caldera próxima a explotar por el exceso de temperatura. Ahora tiene que
matar, descargar su furia, emprenderla con el primero que le pase por delante y se quede
mirándolo. Se ahoga, tose, intenta recuperar el equilibrio agarrándose de una vara de
metal que sostiene un anuncio lumínico. Se va a caer y de repente nada es verdad, todo
ha sucedido en su mente, en una superposición de imágenes que ha suplantado una última
visión de su madre, vestida de largo, con una mano extendida, cantando un bolero
lacrimoso: Toda una vida, estaría contigo, no me importa en qué forma ni cómo ni cuándo,
pero junto a ti. En el otro extremo de la escena ha distinguido a su padre.
En la tienda exhiben aparatos electrónicos y Daniel sólo ha entrado huyendo del calor. De
cualquier manera permanece en el perímetro conocido, se mueve como los caballos de
ajedrez, siempre de acuerdo con una disposición calculada. Grettel lo podrá encontrar
fácilmente. Cuando llegue, habrá admitido su retraso y saldrá a buscarlo, tal vez hasta
siga su mismo itinerario: la acera, el bar, la cabina telefónica, las vidrieras del centro
comercial.
Daniel se detiene ante los televisores, en las diversas pantallas muestran a una cantante
famosa en un concierto. Hay humo, demasiadas luces, bailarines musculosos y
semidesnudos. La mujer grita, casi desafina, y tal parece como si exigiera la presencia de
una cámara en todo momento dispuesta a seguirla, a registrar sus movimientos. Está
enfundada en vinil negro o carmelita intenso, sus caderas oscilan de izquierda a derecha,
una mano sostiene el micrófono y la otra se contorsiona delante del sexo. “¿Será
lesbiana?” —se pregunta Daniel. El salón climatizado le ha devuelto la calma y ahora se
refresca entre los ruidos de un universo de plástico y beeps. Entre los que entran a
averiguar por rebajas o escapan del calor, ha descubierto a un amigo. Axel también se
sorprende de encontrarlo allí. Camina a su encuentro, y en lugar del tradicional “¿cómo
estás?” otras interrogaciones pasan por la mente de Daniel: ¿A ti no te obsesiona el sexo?,
¿sabes algo sobre ejercicios que alargan el pene?, ¿sentirá mi padre deseos de alguna
cosa? Sin embargo, le devuelve la sonrisa, supone que el recién llegado no es el elegido y
tampoco logrará darle la noticia. En las pantallas siguen proyectando el video de la
cantante, aburre, como todos los procesos monótonos, agota más que la irradiación.
Daniel y su amigo conversan. Axel es educado, se mantiene al tanto de la situación que
domina la casa del otro y decide no preguntar, no imagina que a estas alturas sea capaz de
escuchar algo relevante, las palabras que conduzcan a un filón por donde pueda colarse la
esperanza. Luce triste, apesadumbrado, y Daniel teme que llegue a desplomarse, como su
padre cuando se enteró del fatal padecimiento.
Axel habla sin parar, ya alcanzó la frecuencia que necesitaba para su descarga, para ir
cerrando cada vez más el círculo y zumbarle al que escucha su particular versión del
desencanto. “No puedo más” —le dice. “No aguanto más” —cree escuchar Daniel. Y la
enumeración continúa, pasa por la inadaptación de Axel a su nuevo trabajo, la casi certeza
también propia de que a ese ritmo se le acabarán los sueños y termina en “este puñetero
espacio”, palabras con las que define todo lo que se mueve a su alrededor. “Al menos estás
saludable” —quiere decirle Daniel, pero se mantiene callado, asintiendo, con la seguridad
de que dentro de pocos minutos será él el de las quejas y el desánimo. Y sus sensaciones
irán creciendo al punto de que olvidará todo, absolutamente todo y solo buscará el camino
a casa. Entrará, abrirá la puerta del cuarto de su padre y le exigirá llorando: “Quiero que
te mueras, ahora”.
Mientras escucha el interminable monólogo de su amigo, Daniel observa los precios de los
equipos electrónicos. Le resultan exagerados, así y todo se figura que puede interrumpir a
Axel con una sugerencia del tipo: la bolsa o la vida. No le devolverá el entusiasmo, mucho
menos el optimismo, pero lo hará reír o se reirá él, pues encontrará graciosa la expresión
del otro, entre ingenua y asombrada, sin llegar a la verdadera esencia de lo que quiere que
comprenda.
Axel calla, espera por alguna señal que le indique que lo atienden, lo escuchan. No es que
desconfíe; sin embargo, advierte que el otro anda demasiado disperso y no desea resultar
insoportable. Está impaciente, dentro de diez minutos se le habrá terminado el horario de
almuerzo y tendrá que regresar a su oficina, a soportar los juicios incoherentes de un
superior que ni siquiera comprende el objetivo de la empresa que dirige. Le molesta andar
tan pendiente de la duración de sus actividades, aunque está convencido de que no tiene
remedio. Justo hoy sintió más cerca la necesidad de reafirmar esa sentencia, salió a la calle,
entró a la tienda y al ver a Daniel pensó pedirle un buen consejo en torno a lo que vendrá.
“Jamás podré comprarme alguno” —alcanza a decirle y le complace la actitud solidaria del
amigo, reforzada con una palmada en el hombro. “Cuídate mucho, Dany...” —intenta hablar,
pero algo lo frena. La frase que tiene en mente no es cierta, no puede pedirle que evite
enfermarse, quedar inútil como el padre, porque todos saben que el mal apareció de
improviso, y mientras no ataque a los más cercanos es preferible mantenerlo en el
anonimato, estar conscientes de su existencia y limitarse a comentarios que lo sitúan como
una enfermedad más, como una extensión de las casualidades o los procesos naturales.
Y Daniel luce fuerte, saludable; aunque él mismo crea que todavía tiene puntos débiles, se
tiene por un ser incapaz de provocar estados agradables en los demás, y eso lo frustra. A
veces se queja, a veces se muestra satisfecho. Supone que jugar a Dios tiene su precio y
quizá el Creador no perdona a los fanfarrones. Le asusta el hecho de que la existencia
humana pueda tener un final abrupto o demorado, marcado por el sufrimiento prolongado y
el desánimo.
“Te invito a comer en casa” —le dice a Axel, y se esfuerza en sonreír, ahora con mejores
resultados. A su espalda, los televisores proyectan una imagen de la bandera del país y
Daniel resalta como parte de toda la escenografía. Hasta Axel parece impresionado, o
desconcertado; en su interior la ha encontrado patética y asume que debe reírse, salirle al
paso a la concepción ridícula de los acontecimientos, pero a la vez quiere ser
condescendiente, no desea compadecer a su amigo, sobre todo en momentos como los que
está viviendo.
En el portal de la tienda, antes de despedirse quedan en llamarse, y Axel se aleja, tal vez
comentando bajito sobre lo injusto que suele ser el mundo. Cuando Grettel llega a la acera,
todavía Daniel observa cómo se disipa la figura de su amigo. “Mi vida” —habla ella y lo
envuelve en reclamo tierno, como si a partir de ese momento necesitara toda su atención.
Él la observa, la compara con una aparición, quizá no ha llegado su novia, sino una
muchacha cualquiera que luce un vestido de flores y anda con el pelo revuelto. Hasta es
posible que la verdadera Grettel se haya quedado presa en una de las imágenes de los
televisores de la tienda. Y él comprende que todo forma parte de una supuesta estratagema
para confundirlo, presiente que ha llegado el instante en el que debe decidirse, tal vez solo
lo han puesto a prueba, a que imagine creíble ese sueño largo en el que vive y del que
alguna vez le tocará despertar, quién sabe si sobresaltado por una noticia terrible.
Grettel abre los ojos, mueve la cabeza hacia un lado y extiende los brazos. Tal vez ella
simule encontrarse en otra dimensión, no en la que suceden los hechos, y como único puede
salvarse es mediante la cercanía de Daniel, con el contacto de su piel, su olor, su aliento, con
lo que ella definió como herencia de familia la primera vez que fue presentada ante los
padres de él y pudo percibir en aquel hombre inmenso que la saludó efusivamente los
mismos olores que había descubierto en su hijo.
Ahora se toman de las manos y caminan. Daniel ha concebido un plan, la mira, le basta la
expresión de ella para imaginar que lo aprueba y le hace señas a un taxi. Quizá no debiera
alejarse de la casa, los médicos aseguran que el día fatal puede ser cualquiera de los que
se aproximan y le duele que sea su madre la única persona que sentirá el anuncio, tal vez
un último suspiro, una queja final y luego lo demás: el cuerpo exánime, el dolor como un
rostro desfigurado, el silencio.
El restaurante está vacío, no todos pueden llegar a aquel sitio alejado de la ciudad, perdido
en una maleza exuberante, máxime a esa hora próxima al mediodía, cuando nadie procura
salir a la calle debido a la amenaza de que arreciará el calor. Sin embargo, en el salón el
ambiente rústico propicia el fresco, el aire corre bajo el techo alto sin paredes e invita a
adormecerse. “Como la vida misma” —piensa Daniel y respira profundamente. Supone
que no se encuentra allí, sentado a la mesa, sino que yace junto a Grettel en una cama
inmensa con sábanas que huelen a limpio, o en la arena de una playa donde es de noche y
no hace calor, y se escucha el rumor de las olas que llegan a la costa baja y hasta es posible
que alguna irrumpa con la potencia suficiente para salpicarlos.
Cerca del mostrador Daniel descubre un teléfono y considera necesaria una nueva llamada
a su madre. Probablemente la que atienda sea la abuela, pues siempre llega a la hora del
almuerzo para tomar el puesto de la hija y darle un respiro. Tal vez en estos momentos
esté abriendo las ventanas por la creencia de que el mal no puede permanecer concentrado
en las habitaciones, sino salir a la calle y confundirse con sus similares que también se
mantienen vivos en el aire, a la espera de una víctima. Cuando termine irá a sentarse
cerca de la cabecera, a rezar y a preguntarse, como todos alguna vez, por qué el
sufrimiento se interpone en la existencia humana, por qué a veces tiene que surgir con
esa detestable apariencia natural y aterradora. Daniel la ha visto llorar y no lo entiende,
no la imagina arrepentida por algo, sabe que las relaciones entre ella y su padre nunca
fueron excelentes, pero desiste de un veredicto acusador. Las escenas desagradables
nunca pasaron de un comentario irónico que no progresó por la actitud atónita con la que
él y su madre siempre reaccionaban, como si no creyeran posible aquellos signos de
animadversión e intuyeran que cualquier día solo habría un modo de resolver aquella
desavenencia, un modo mortal. Sin embargo, desde que el padre comenzó a empeorar y la
abuela a hacer más seguidas las visitas a la casa, Daniel descubrió en los dos una
aproximación de afectos, parecía el ritual de bienvenida de una comunidad a su hijo más
ilustre y repudiado, un proceso en el que a medida que se profundizaba, se olvidaban los
malos ratos y se tendía a justificar todas las incomprensiones.
“Es la ley de la vida” —dijo la abuela la mañana que la llamaron urgente, pues su yerno no
pudo levantarse más y fue preciso volver a traer a los médicos, quienes después de un
examen de rigor se limitaron a ordenar nuevos medicamentos para contrarrestar el dolor
y borraron del futuro común la palabra esperanza.
Grettel tiene un rostro enigmático, una expresión de calma que a Daniel le basta para
imaginar que no pertenece a su tiempo, sino a otras épocas en las que estuvo de moda el
sacrificio. Le gustaría leer una historia romántica contada por alguien como ella, un
recuento de situaciones y hechos como trabas a un amor profundo y sincero que solo se
consume al final, cuando la protagonista y su amado terminan mucho más cerca de la
felicidad o de la idea general relativa a la paz interior, a la ausencia de las dificultades.
“No hemos tenido suerte” —exclama.
Ella se ocupa ahora de acariciarle los mechones de la frente, se apoya en la otra mano y lo
observa. No sabe qué contarle, no quiere decirle que antes de ir a buscarlo pasó por su
casa. Daniel tampoco parece dispuesto a escuchar, ha tenido una breve e intensa visión,
una sensación placentera, quizá motivada por el aire fresco y la voluntad de imaginarse
una manera de vivir que sobrepase su presente, como una receta. Y quiere despertarse,
aunque no está dormido; descansar, aunque está sentado; callarse y meditar, a pesar de
que no está conversando en voz alta o dando una explicación extensa sobre las
características de un padecimiento irreversible. En su memoria hay una imagen que brilla
y se agranda como una centella, una imagen propia de su pasado, aunque él esté seguro
de que representa el porvenir. Se levanta, deja dinero sobre la mesa y convida a Grettel a
salir. Ella lo sigue, le parece que esta vez sí partirán rumbo a la piscina o saldrán en bicicleta
hacia la casa de algún amigo, Axel, por ejemplo. Sin embargo, se reprocha tanta pasividad,
lo que en realidad prefiere es poder convencerlo de otro viaje, uno más largo, fuera de la
provincia, a un lugar en el que logren estar solos y sin referencias, sin obligaciones, sin
reparar en el tiempo que transcurre a la velocidad habitual por más que ambos se repitan
que viven en una ciudad detenida.
Solo que hoy sí ha ocurrido algo y Grettel lo sabe, pero no se atreve a comentarlo. Desde
que montaron en el ómnibus de regreso teme que Daniel se entere, y ya no puede hacer
nada. Si él estuviera en su lugar, de seguro pensaría que todo es falso, que ni siquiera haría
falta gritar una sentencia contundente: nosotros estamos vivos, y hacerlo frente a ella,
teniéndola agarrada por los brazos y zarandeándola, como si en aquel movimiento
encontrara el énfasis preciso para entender la verdad.
No obstante, Daniel la va a saber, sobre todo ahora que va camino a su casa, con Grettel a
su lado, y aparenta estar contento, seguro de una convicción personal relacionada con la
existencia, confiado en que requiere muy poco para la felicidad y hasta arrepentido de los
pensamientos de la mañana, de la urgencia de un acontecimiento particular. En su mente
la imagen ha crecido, se ha hecho nítida, y él logra identificar sus contornos, su volumen.
Es un rectángulo de papel cromado, ¿una postal?, no, una fotografía, un pasaje de la
memoria. La conoce y está seguro de que continúa en el mismo lugar, en la mesita de
noche del cuarto de su padre.
Y va a buscarla. Abre la puerta principal y se sorprende de tanto silencio. Grettel está
nerviosa. Si le hubieran anunciado que ella estaría allí no lo hubiera creído. Sigue a Daniel,
pero prefiere mantenerse un paso atrás, siente que la sangre se le hiela, que está ciega y
predispuesta a tropezar con todos los adornos, y le molesta que él continúe tan resuelto,
que se mantenga avanzando, que no vaya primero a la cocina, como hace siempre, a
preguntarle a su madre por alguna novedad. Se detiene, no quiere mirar hacia delante, no
quiere verlo entrar, advertir la cama vacía, tal vez aún revuelta por el último estertor, por el
límite tolerable, por la experiencia de muerte inminente. Tiembla, el reloj parece detenerse
en el instante en que él desaparece y vuelve a salir desconsolado, irreconocible en esa
expresión trágica.
A Grettel la vista se le nubla e imagina que va a abrazarlo, a recordar su olor y nunca más
logrará moverse. Cierra los ojos, la sensación de tristeza domina todo su cerebro y la inhibe
de reaccionar. No ha ocurrido nada, se ha quedado sola en el comedor y se ha apoyado en
la vitrina para no caerse. “Hoy no, no podía ser hoy” —ha oído, pero no recuerda cuándo ha
sido. Lo único cierto es que tras esas palabras Daniel salió a la calle.
Por la noche todavía hace calor y el silencio se interrumpe por el ruido de las personas que
conversan o el ritmo alternado de los sillones en su balanceo demoledor. Daniel cambia de
posición, le parece que ninguna le ofrecerá comodidad, mas no se queja. Le han dicho que
tras el cristal que cubre el ataúd su padre luce sereno, aún con las notables huellas de una
persona que ha sufrido mucho. A su lado Axel y Grettel hablan bajito. Él no los escucha.
Está agotado, pronto sentirá deseos de dormir y lo atormentará la fatiga. Porque todo se
debe al cansancio, a una acumulación de situaciones que nunca terminan, que se vuelven
crónicas como la enfermedad que se ha llevado a su padre.
Afuera la ciudad va apagándose, se despoja del poco movimiento que le permite un clima
dominado por las altas temperaturas y el agotamiento. Quizás empiece a llover, de
improviso y de manera torrencial, y el aire se torne húmedo, apacible, evocador, más
propicio al descanso. Pero Daniel no quiere dormir y no le preocupa. Está tranquilo. La
mañana se anunciará como siempre, aunque para él signifique una ceremonia desconocida.
Entonces puede que la reciba emocionado, todavía demasiado triste porque todo a partir de
ahora será diferente, aunque ya no se angustie por no saber adónde irá a parar. El nuevo
amanecer supondrá otra interrogación, y es posible que Daniel la incorpore a su rutina y
estire sus músculos, mire a su madre, a la abuela, a Axel, a Grettel, a las personas que a
esa hora pasarán por la calle, e internamente, con su incertidumbre habitual, se pregunte:
¿Qué será la vida?
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El país que perdió las estaciones
por Adrian Gordaliza Vega
¡Hola niño amigo español!
Mi nombre es Juanito Carranza, pero todos aquí me llaman Chano el flaco porque, como
dice mi mamá, soy delgadito y quebradizo como una hoja seca que arrastre el viento.
Tu país y el mío son muy diferentes según lo que nos ha contado la señorita en la escuela.
Eso si lo he entendido bien, porque a veces yo en la escuela me pierdo, entrecierro un
poco los ojitos y ahí me quedo como varado durante horas, lo mismo que la barquita que
tenía mi papá en la playa. Ahora está toda rota y anda pudriéndose desde que el mar se
ha secado.
Mi país es diferente porque ya no tenemos estaciones, las hemos ido perdiendo poco a
poco. Yo no me acuerdo muy bien, pero los viejos siempre lo andan repitiendo. Cuando
paso por delante de ellos al volver de la escuela están siempre sentados a la puerta de
casa y sin moverse mucho me dicen: “¡Chano, flaquito, que mal futuro te espera, hijo!
Antes teníamos lluvia, a veces llegaba la bruma, y nubes también había. Hasta el frío se
acercó algún invierno por aquí. Ahora ya no nos queda nada de eso. ¿Qué van a hacer
ustedes que todavía son jóvenes?
Recuerdo que cuando era yo más pequeño todavía vino un día de lluvia por aquí por el
pueblo. Todo el mundo salió a la calle y estaba muy contento. Los hombres se
emborracharon todos. Mi papá también, pero ese día mi mamá se lo perdonó. ¿Qué
hacen allá cuando llueve, se emborrachan también los hombres?
En nuestro país se han ido perdiendo las estaciones poco a poco. Nosotros en la escuela
hemos estudiado eso de la primavera y el otoño, pero aquí ya sólo nos queda el verano,
que nos hace ahogarnos con el polvo de la calle.
Mi hermana pequeña siempre está llorando porque no hay día en que no se le meta la
fiebre dentro de su cuerpecito, y se pone toda colorada y llora.
Yo no lloro. Yo ya soy muy mayor y no lloro, ¿para qué? ¿Lloran ustedes en España? Yo
creo que no, porque la señorita en la escuela nos ha dicho que allá los niños comen cuatro
veces al día y tienen muchos juguetes.
Yo quiero vivir aquí con mi familia y jugar con mi amigo Miguelito Terrera, pero me
gustaría ir un día a tu país y ver todas esas cosas de las que nos habla la señorita y tocar
el agua limpia.
Dice que incluso hay escaleras que te suben y te bajan sin tener que andar. A veces es
un poco exagerada, pero todos los niños queremos mucho a la señorita.
Aún no he decidido cómo iré a España. Está muy lejos para ir caminado, ¿no?, por lo
menos más de cuatro días, y yo tengo las piernas cortitas y frágiles, así que quizá vaya
en el autobús que pasa por el pueblo todos los martes. Aunque yo lo veo un poco viejo
como para tanto viaje, ¿o es que está el océano de por medio? Bueno, ya veré cómo
me las arreglo.
A pesar de que ya no nos queden estaciones, sí que tenemos días y noches. La única
diferencia es que durante la noche la luz del día se duerme hasta que se despierta otra
vez, muy de madrugada. Por lo demás, todo es lo mismo. El mismo calor seco, el mismo
polvo en el aire, las mismas ganas de llorar de mi hermana…
La señorita me dice que deje ya de escribir para no gastar más cuartillas, así que me
despido con ganas de leer tu respuesta. Ya sé que esperabas una foto mía, pero sólo
tengo una en la que salgo con mi familia, y esa no te la vamos a poder mandar.
Un saludo muy cariñoso. (Como todavía no sé firmar muy bien te escribo mi nombre
otra vez)
Juanito.
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Un grito sagrado
por Roberto Baker
La nube nace del seno,
del amor, cuando dos seres
humanos se consumen,
la excitación, el vapor que produce,
cuando el éxtasis, llega
¡Illapú va a cantar!
Después viene la lluvia,
el relajo de ese cantar,
el exhumo de una noción,
que nunca llegó a empezar.
El amor es política aplicada,
democracia en su todo vivir,
el amor es política analizada
que ahora no quiere existir.
El querer es una ciencia aplicada,
que uno debe saber,
saber, lo que uno quiere
cuando tienes que en esta vida, vivir.
El llanto del hombre solitario
que nunca va a callar.
El día a través de la sombra,
el sol en su alejar.
Democracia no existe hoy día,
¡Uno, tiene que manejar!
¿y? el llanto del hombre solitario
que no deja de soñar.
La luna persigue al sol,
pero nunca lo va a alcanzar.
¿Quien llega? cuando la
pasión lo espera,
¿Quien llega? a un funeral,
¿Quien llega? a un dilema
que nunca va a analizar.
¿Dime Serrano, que tienes?
¿el amor conocisteis?
¿o fue obra de reproducir?
¿quien te quiere, Serrano?
¡ahora es tiempo de luchar!
¿Y porque lo haces, serrano?
A tu Pachamama mató
y el cuerpo de ella, él abusó.
¡Tu madre Santa, serrano!
El la destruyó.
Algún día sabrás, serrano
que tu pesadilla el te la dio,
vivisteis tranquilo en la Sierra,
hasta que el Puta de mierda llegó.
¿Y ahora que haces serrano?
¿lloras por la madre que él te robó?
Y después de violarla,
en frente de ti! Serrano.
Y sólo sufristeis, Serrano
cuando él te la devolvió.
El amor es algo del Día,
cuando a él la Noche alcanzó.
El amor es algo de la Noche,
cuando a ella el Día abrazó.
¿Y qué es que hicisteis,
Serrano?
Cuando a tu tierra la noche llegó,
la sombra del conquistador, Serrano
a tu amor; ultrajó.
Y cuando el día alcance a
la noche,
tu Incarrí, llegará otra
vez, Señor.
El amor es algo que falta,
cuando uno no tiene mujer.
¿Y cuando uno la tiene?
El amor, va a desaparecer.
Así que no me digas,
Serrano,
porque es que no puedes vivir.
Levántate mañana, temprano
y aprende a existir.
Aprende del amor, Serrano,
aprende a luchar y a vivír,
aprende a pedir, Serrano
lo que es tuyo por razón de existír.
¡y ahora! ¿Que me dices, Serrano?
¿Ya vas a aprender a decir?
¡Libre soy por aquel amor!
¡Libre para con mi
Pachamama, sufrir!
Serrano, porque ahora aprendisteis,
lo que tienes que
hacer, para ¡sobrevivir!
El amor es un signo del cielo,
un velo que cubre a una mujer.
El amor es un esculto de hielo
que se derrite, al uno, tener.
No llores por mí, mi amada
porque muchas lágrimas,
por ti derrame.
Ahora estoy libre, mi amada
cuando yo, por ti, luché.
¿Y ahora que hago, mi amada?
cuando mi alma, a ti, te la di.
Desdeñando lo que nunca
lograba,
por lo menos,
orgullosamente, por ti, morí.
El amor es un grito sagrado
que del corazón partió,
es un ciervo liberado
que por su tierra murió.
Illapú: Dios del rayo y trueno.
Pachamama: Diosa de la tierra; Tierra Madre.
Serrano: Indio peruano de los Andes.
Incarrí: Inca, rey de los Incas.
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Sobre exilios y derrotas
por Maria Eugenia Bravo Caldera
No, No fue el mal tiempo en Chena,
ni la macabra palabra de fiscales repentinos,
en Consejos de Guerra improvisados.
No, no me derrotó el fusil ciego apaleándome la espalda,
ni la negra capucha de horror de investigaciones,
o el infierno gris de los estadios
con sus bramidos de espanto.
No, tampoco fue el duro hierro en la ventana
cortándonos en pedazos la vida,
ni tampoco el acecho a nuestra casa,
ni el pasó sellado,
ni la lista negra para hundirse en la boca profunda del hambre.
No.
A mí me derrotó la calle que no era mía,
la lengua prestada en apresurados cursos circunstanciales,
me derrotó la figura solitaria y mal parada
en otros meridianos que no nos pertenecían.
Era Greenwich,
meridiano cero,
cercanía de nada.
A mí me derrotó la lluvia extraña,
Me derrotó el olvido de la palabra,
La memoria a tientas,
La mano de los míos tan lejana,
Y el atroz océano de por medio,
mojando las cartas que esperé
y que nunca llegaron.
Me derrotó un día y otro día
muriendo en mi ceniza de Jerningham Road,
agonizando bajo la neblina,
de Elephant and Castle
sollozando en London Bridge.
Y me derrotó paso a paso,
el rigor del calendario;
Y entre Monday –Lunes y Martes –Tuesday
fui muriendo hasta no saber de mí.
A mí me derrotó la ausencia de tu ternura, Patria.
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La burbuja
por Silvia Demetilla
El fondo del vaso tiene una burbuja incrustada en el vidrio. Un instante de aire
comprimido en medio de esa masa compacta. Recurso físico que demuestra que nada
es incuestionable.
Que donde menos se sospeche existe lo diferente. Lo único, Lo que tal vez nunca se
desarrolle, o lo que provoque la ruptura de sistemas inalterables. A veces, mientras lo
observo ahí distante, pienso en la soledad de ese minúsculo mundo. Un mundo, por otro
lado, sin privacidad y a la vista de todos. Un mundo que no se inmuta ante mis
razonamientos.
Entonces...¿y si la burbuja creciera? ¿Y si alguna vez su estructura molecular no se
conformara con ese sitio relegado y protegido? Cuna de silencio y tibieza, útero de vidrio
donde, encerrada, nada en la nada.
La burbuja contenida ve a través de la transparencia. ¿No podrá algún día ver a través
de sus propias limitaciones? ¿Será entonces cuando su mirada se oscurezca?
Infinidad de colores suelen matizarla. Ve desfilar aguas, vinos, licores... Pero no es más
que una vida efímera, vacía y sin gracia. Son los famosos espejitos de colores, esos que
entusiasman con sus reflejos pero que no hablan con la verdad.
Junto a ella dos partículas de polvo duermen plácidamente.
El sitio lo resuelve todo en unos pocos milímetros. Confortables butacones para exigentes.
Cómodos recibidores para no recibir nunca a nadie. Refrescantes instalaciones sanitarias
por donde circula un líquido parecido al agua. Acondicionamiento de aire según normas
conformadas. Estructuras endebles de monóxido a prueba de lágrimas. Pantallas solares
reforzadas. Sistema de seguridad inviolable. El reglamento lo establece claramente: “de
aquí no entra ni sale nada”. Claro, se necesita una foto actualizada, y la burbuja, hasta
ahora, nunca se vio la cara.
Nada es cuestionable, siempre fue así. Las partículas no pueden volar, no pueden ensuciar
ningún mueble viejo, no pueden revolcarse en la tierra, ni hacerse barro en las patas de
algún animal, ni molestar a los alérgicos, ni ensuciar unas miserables hojas de lechuga.
No pueden. ¡No puedennnnnnn! Entonces... ¿qué clase de partículas son?
El sistema vital de una burbuja no es cosa sencilla. Está conformado por una dosis de
oxígeno y otra de nitrógeno convenientemente mezclados. El oxígeno maneja las
cuestiones racionales, incluyendo el intelecto, las matemáticas, física, química, y posibles
apariciones tardías de tipo filosófico. El nitrógeno es otra cosa, es visceral, con su
consecuente dosis de equívocos, sentimentalismos, idilios pasajeros, erotismo, recuerdos
de la infancia, poemas jamás escritos, llantos inexplicables, depresiones profundas, sueños
de adolescencia, desengaños, frustraciones, recodos de tiempo en un diario intimo que
no se ha vuelto a revisar, reacciones tempranas o tardías según el lado desde donde se
esté parado, sensiblerías inútiles, y todo aquello relacionado con el sector más vulnerable
a dejarse llevar. Hay otras partes jamás mencionadas, esas que siempre se ocultan debajo
de la alfombrilla de entrada, a saber: argón, helio, hidrógeno, una pizca de aderezo y un
resto de ensalada.
Los peores días son los de calor porque el aire se expande y no cabe en semejante
espacio. Esos días surge un mínimo deseo, unas ganas de escaparse por algún micro
intersticio silenciosamente sin que nadie lo advierta y animarse a ver aunque sea por unos
segundos. Para esa visión se requiere valor, presencia y voluntad, pero sobre todo, valor.
Y ella no sabe si tiene esa cualidad que hace de los genios, audaces, y de los tontos,
inconscientes.
El interior es agobiante, y sin embargo la burbuja está segura, cómoda, no sabe si en
el fondo quiere deshacerse de su prisión. Verjas de cristal que después de todo le dan
vida y la contienen enérgicamente. Prisión que, aunque la encierre y la ahogue, le ofrece
la garantía -por escrito- que siempre seguirá siendo una burbuja.
El temor más profundo de una típica burbuja enquistada es la liberación. Aquella
involuntaria salida al espacio exterior. La posibilidad de dejar de ser una burbuja con su
propio mundo para convertirse en alguien más dentro del universo. La sola idea de
encontrarse con situaciones irresolutas o difíciles de manejar la atemoriza profundamente
y fundamentalmente la separación de sus partes componentes, la ruptura de la razón y
la sensibilidad. Existe también una posibilidad de enredarse con otros nitrógenos, con
otros oxígenos, con elementos ajenos a su identidad, y transformarse vaya a saber en
qué resultado. El precio a pagar es no permitirse volar, no saber siquiera lo que se siente
al dejarse deslizar.
Quien sabe cual sería su principio o su final.
Yo sigo mirando el vaso, el fondo, la burbuja. Tal vez un día de estos lo haga añicos.
Sea por mi libertad.
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En Camino
por Barbara Godoy
Me tomo un momento para dar un paso fuera de nosotros.
Una chance para reflexionar sobre lo que ha estado ocurriendo.
De pronto me siento más liviana, y solitaria.
Mis manos buscan rápidamente mi panza.
Nuestro bebé me tranquiliza con una patadita comfirmadora.
¿Dónde estaba?
Ah si, tomando un momento para reflexionar.
En medio de la experiencia más profundamente compartida
invoco mi individualidad…
Se vuelve evidente que las cosas no son como solían ser.
Ahí, donde antes contaba uno, ahora… bueno por lo menos tres!
En mi cuerpo y alma el cuerpo y alma de nuestro bebé crece.
La semilla de mi marido, sus esperanzas, sus genes!
están siendo cultivados en este vientre.
En mis venas, la sangre de nuestros padres
fluye hacia el futuro incierto de los hijos de nuestros hijos.
¿Cómo seguir con lo mío como si yo todavía fuera sólo una?
Ya no soy una. Eso es claro
Nunca antes había sentido esta comunión con el cielo,
No sabía de la dulzura extraordinaria de una nueva flor,
Era ciega al misterio de la creación.
La furia de esta pasión no es reducible a una identidad singular.
Somos salvaje fuerza viva: el bebé, el marido, los ancestros
y esa unidad de referencia llamada “yo”.
Engendrar es un continuo acto de amor, donde instintos
y necesidades devienen deseos compartidos.
Una mujer embarazada es más animal que persona, más universo que individuo.
No hay nada sacrosanto sobre ella (como en los santos de la Iglesia).
Su vientre hinchado es evidencia del acto sexual,
pues ella es amante carnal en Creación o Evolución.
Madre de Dios, tu hijo ha muerto - dice el filósofo.
Diosa Madre, tienes tantos nombres: eres bondad infinita y dolor punzante a la vez.
Guía a nuestro bebé en el camino fuera de mí,
a la entrada de este mundo de difuntas divinidades.
Diosa Sophia, mas vieja que el tiempo, tu no puedes morir.
Si tu mueres nada queda de la existencia. (¿Es la nada el abrazo de tu ausencia?)
Hijita querida: te alimento con mi sangre, con mi leche
y con el resto de lo que vayas a necesitar.
Como me ha sido dado a mi, como todavía me hes dado.
¿Acaso mi alma no se alimenta de la sabia que mantiene verde esta montaña
que veo desde mi ventana?
¿Acaso no respiro cada poquito de aire que pueda inhalar
y devoro cada gota de agua que pueda tragar?
¿Acaso no estoy pulsando, yo, al ritmo de los latidos de este universo danzante?
Si, hoy soy por lo menos tres y no puedo salir de nosotros por mucho tiempo.
Mi perspectiva felizmente interrumpida bajo esta enorme panza,
redonda como la tierra entera.
El noveno mes puede ser un poquito incómodo, sobre todo de noche.
La luna llena aquí, en las montañas Argentinas, es inevitable;
esconderse de ella es imposible.
La vida se ha vuelto lunática! Cielo, viento, río, todo está vivo
y arde con plateado deseo helado.
Y tú mi chiquitita (como quiero conocerte!) … Tú estas en camino.
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El encuentro
por Gisela Jachniuk
Estabas lleno de sombras, en tu cuerpo merodeaba la agonía. Ibas acompañado de
formas: deformándote.
En una grieta vi una luz, la intuí (acercándose?) No sé...
Tu rostro tenía surcos; tu cuerpo era de carne, de músculos, de sangre llena de sangre.
Alrededor una masa oscura, paredes, muros, cenizas... te abrazaban, te devoraban.
Yo aparecí; como un espejo. Rodeada de muecas de dolor, soportando el peso de infinitos
cuerpos gimientes... destrozándome...
Y nos miramos.
Dos conocidos desconocidos. Un espejo. Una misma herida.
Sólo necesitábamos mirarnos a los ojos. Desde cerca. Sabiendo de monstruos, conociendo
pesadillas. Pero nos miramos desde la misma sangre. Nos miramos llenos de vida, sólo
hizo falta esa mirada. Plena.
Ojo con ojo. Luz con luz. Mirada pasión. Mirada amor. Mirada vida.
Sabíamos del dolor (acaricié tus oscuridades fugazmente, y lloré).
Sabíamos de muerte, pero no sabíamos de besos hasta que besé tu boca y vos besaste la
mía. No sabíamos de deseo hasta que nos enredamos de caricias, de cariño pleno, de
entrega, de tu luz fuego: Todo pasión. Todo deseo. Todo vida.
Alrededor, los monstruos enloquecían. La oscuridad gritaba desde un callejón. Fantasmas
llenos de sombras golpeaban nuestros cuerpos, nuestra piel. Éramos besos, pasión, amor,
entrega, sangre... Todo alrededor giraba. Menos vos y yo.
Y nos desvanecimos.
Dejamos un cuarto lleno de oscuridad. De sombras apiladas. Un cuarto sin luz. Cerramos la
puerta con una sola mirada: Certera. Perfecta. Directa.
De ojo a ojo.
De luz a luz.
De vida.
Pero el tiempo dura más que un segundo. Más que una mirada. Más que un beso.
El tiempo nos lleva a liberar sombras por la cerradura: y lo hiciste. Quisiste que te viera
entero. Mostrarte.
Y liberé una sombra, quise que supieras de mí. Mostrarme.
Y los monstruos tuvieron nombres. Uno era brazo. Otro pierna. Gemido. Labio. Mejilla.
Éramos parte de sombras. Nos presentamos: Marionetas del dolor. Dos monstruos.
Una pequeña luz... (alejándose?) No sé...
Ya nada era igual,
ya nada era igual,
ya nada era...
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