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GORGONA.
Isla de ballenas, serpientes y maldiciones
.

Por Gustavo Sigal (gustavosiga@hotmail.com)

La isla de Gorgona, en el Océano Pacífico, se haya frente a la costa de Colombia.

Muros de cemento y barrotes de hierro se defienden de la imparable invasión de la selva. Son los restos de una prisión que desde 1960 se mantuvo en Gorgona durante algo más de 20 años.

El presidente Alberto Lleras Camargo, harto de los sanguinarios criminales que asolaban a Colombia hacia finales de los años cincuenta, eligió la isla de Gorgona como prisión. La misma reunía todos los elementos para despertar tanto o más terror entre los reos colombianos que Alcatraz, el temido penal californiano: unos pocos kilómetros de tierra en medio del Pacífico, plagada de serpientes, cubierta por una selva infranqueable, espesa y húmeda, rodeada de aguas oscuras y profundas y custodiadas por una veintena de especies de tiburón.

La decisión de construir allí un infierno terrenal no pudo ser más acertada. La imagen de peligrosidad y confinamiento de Gorgona, unida a la leyenda negra importada de Estados Unidos y de la Guyana francesa, donde pasó años cautivo el célebre Papillón en La Isla del Diablo, surtió efecto inmediato.
Nada más conocer que serían trasladados a La Isla Maldita, como pronto la bautizaron, algunos condenados se suicidaron; otros comenzaron a planear una fuga imposible. El resto, se preparaba para sobrevivir durante décadas a los peores tormentos.

Pero el suplicio no duró ni el tiempo de cumplir una cadena perpetua. A los veinticinco años de existencia, otro presidente, Virgilio Barco, decidió clausurarla. Pero no sólo por razones humanitarias, sino presionado por los ecologistas que veían que la prisión no sólo destruía hombres, sino también un paraíso ecológico que Francisco de Pizarro llamó Gorgona en honor a la Medusa, semidiosa de cabellera de serpientes.

Porque a la prisión insular, creada a imagen y semejanza de Alcatraz, se añadieron ciertos ingredientes locales que fueron deteriorando progresivamente el entorno.

Los presos podían recibir la visita de los familiares que tenían el dinero y el interés para pagar el pasaje; dos comunidades indígenas vivían en sendos poblados; las excursiones escolares y universitarias para ver animales y plantas, estaban permitidas, y por si fuera poco, madereros furtivos arrasaron cuanto bosque encontraron a su paso. Estos y las necesidades de leña de una población de mil quinientos reclusos y medio millar de carceleros, acababan con 25 mil toneladas de árboles anuales. Al paso que iban, en pocos años no quedaría selva ni para esconder a los temerarios fugitivos que osaran burlar el encierro. Por esa razón, Virgilio Barco, mandó derribar el penal y convertir Gorgona en Parque Natural Nacional. Eso sí, como «monumento a la barbarie y deshumanización», para ejemplo de las generaciones venideras, hizo que dejaran en pie unos cuantos muros. ¡Oh, vosotros los que entráis! Dejad toda esperanza», reza un cartel a su entrada.
Desde entonces, la isla recuperó su frondosidad y la tranquilidad que atrajo a Pizarro y su escuálido ejército cuando, camino a Perú, decidieron descansar unas semanas en ella. La misma que tiempo después, la convertiría en refugio de piratas, punto privilegiado para zarpar a toda vela y no dejar escapar los galeones que partían de las colonias con las tripas llenas de oro, y remontaban esos mares hacia Panamá.

Cada año, decenas de ballenas yurumas y tortugas negras recorren ocho mil kilómetros desde la Antártida hasta Gorgona. Los gigantescos escualos se aparean en sus cálidas
aguas, mientras que las tortugas desovan en las playas de palmeras y arenas blancas.

Los mamíferos llegan cada año desde el polo sur para cumplir su ritual de apareamiento, provocando una afluencia de cientos de turistas y expertos.
La llegada de las ballenas, que empezó desde finales de julio, da la largada a la temporada de avistamiento de animales marinos, en las que participan desde avezados biólogos, turistas extranjeros -especialmente amantes del buceo- y escolares, que son llevados a la isla.

Adem&aa cute;s de la fauna marina, con sus peces tropicales, mantas, tortugas, tiburones, otro polo de atracción lo constituyen las serpientes, en su mayoría inofensivas boas, pero también las venenosísimas corales o las llamadas doble X, así como los monos cara blanca, que son legión en estos parajes, las ratas de pelaje rojo, la inmensa variedad de lagartos, ranas y cangrejos.

Para no interferir ni en sus vidas ni en la del resto de la fauna que puebla Gorgona, una extensión de catorce kilómetros de largo por cuatro de ancho, con cerros selváticos de hasta trescientos metros de altura, y en donde las normas del Parque son muy estrictas. No pueden pernoctar en tierra más de ochenta turistas, cifra que sólo en muy contadas ocasiones se reúne, y otros tantos en los barcos de buceo que llegan ciertos fines de semana.

Nada de caza ni pesca, ni caminar fuera de los senderos señalados. Por prohibir está prohibido hasta el alcohol, incluso la cerveza.

Los monos cariblancos hacen frente a cualquier intruso con todo un ritual de gestos agresivos. En algunas zonas miran al hombre con mucha reserva, pues todavía no han olvidado la época en que los presos mataban el tiempo tirando al blanco sobre ellos. Pero no sólo temen al hombre, sino a las serpientes que puedan capturar alguna cría o algún enfermo.

La muerte está omnipresente en la isla, quizás las serpientes llevaran el alma de los muertos hacia otros mundos, en donde por lo menos serían libres. La muerte no descansa por las noches, una tortuga marina ha sido herida mortalmente por la hélice de un barco, decenas de ermitaños devoran el cadáver; si la tortuga tiene alma, una serpiente acudirá a llevarle hasta una nueva orilla.



     
 
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